Un paraíso, un área
con clima estable y cálido, buen paisaje e incluso buenos lugareños,
amables y algo rústicos. Sobre esta imagen idílica se construye
Canarias hacia el exterior, más que como un Archipiélago
y su población, como un "destino". El turismo, un multisector que
se ha elevado a más del cincuenta por ciento de nuestro PIB, ha
tenido y tiene múltiples implicaciones directas en la metamorfosis
que hemos vivido en los últimos treinta años. Para las islas
se ha constituido como un nuevo factor económico, provocando el
contacto y el cambio cultural que, como un tipo de efecto multiplicador,
a su vez creó una nueva base económico-social, absorbiendo
la economía local. Durante este proceso, mientras el sistema autóctono
era transformado y asumido por la industria turística, el turista
era integrado como un nuevo recurso explotable por la economía local,
bajo las mismas consideraciones que los explotados hasta entonces, intentando
conseguir rápidos beneficios en teoría reinvertibles. Pero
la evolución y regeneración del tipo de turismo que nos visita,
sobre todo en los últimos años, se ha mostrado en definitiva
como un gradiente de capitalización y nueva atracción, provocando
una sensación de cambio y/o modernización, creadora y estimulante
del consumo, sobre todo a través del efecto demostración.
Tal incorporación a la economía local, se ha manifestado
en la interacción entre las poblaciones autóctonas y turísticas,
engendrando básicamente, dos tipos de expresiones: (A) cambios
materiales, en tanto que son necesarios para el
acondicionamiento de los espacios receptores (alteración del
paisaje) y para la readaptación a los nuevos ritmos de vida de esa
población ociosa, ya de por sí portadores involuntarios de
una nueva cultura, la "cultura del turista", de otro orden que la propia
de los países emisores y (B) reestructuración social más
o menos pronunciada, cuando la presión turística ha sido
directa. La creación de empleos permanentes y temporales, muchos
de baja o nula cualificación, modifica la importancia de los grupos
profesionales, y las nuevas actividades se ofrecen como más gratificantes.
Pero además, ha puesto de manifiesto los conflictos latentes en
nuestro propio sistema, a través de las distintas posturas adoptadas
frente al desarrollo creado. Así, los "grupos favorecidos" (promocionados
laboral y económicamente) hablan y promueven positivamente el fenómeno
turístico y sus efectos sobre la comunidad (revitalización,
activador de fuerza potencial de trabajo -jóvenes y mujeres- y de
los negocios). Mientras otros, normalmente los que no han tenido modificación
económica alguna, lo tomarán como desfavorable y lo criticarán
duramente, sobre todo en los aspectos influyentes sobre el control y la
moralidad social o el futuro de Canarias y el sector en cuestión
(la venta a plazos e irreversible de la tierra -de otra parte cada vez
menos accesible para los locales, moradores tradicionales incluidos-, la
alta dependencia de un área económica fluctuante,...). Prácticamente
nos hemos (nos han) empeñado en la empresa de vender un bagaje de
valores (de forma sintetizada: tipismo, tranquilidad y funcionalidad) que
supuestamente cada
---------FIN PÁGINA 6---------
uno asume, en el rol que le toca desempeñar dentro del estilo
promocional diseñado "como marca", y ello tiene sus razones bien
fundamentadas. No cabe duda de que el turista viaja cargado de un amplio
bagaje de estereotipos, no sólo debido a su caracterización
particular de índole sociocultural- económica sino además
de los creados exprofeso por los intermediarios del viaje en su conversión
a turista de un destino, y ahí entramos nosotros, nuestros políticos
y las distintas campañas de formación interior (gente amable,
isla diez,etc.) destinadas a controlar la contaminación perceptual.
Las esperanzas e ilusiones del visitante acerca de esa imagen promocionada
con un paisaje, una cultura, unas gentes, unas actividades ociosas a practicar
en el lugar escogido van a influir en los encuentros a establecer.
Bien es cierto, en principio, que los turistas tienden a estar concentrados
en guetos turísticos o, a lo sumo, en áreas o regiones más
o menos localizadas y, de esta forma, los encuentros interculturales -así
como los cambios por influencia de los mismos- recaen sobre una comparativamente
pequeña parte de la población del país visitado (especialmente
en los trabajadores de la hostelería directa). Ahora bien, ¿hasta
qué punto es extensible tal apreciación cuando nos referimos
a un ecosistema insular?
Cualquiera de las islas que componen el Archipiélago entra dentro
de la línea de ofertas vacacionales para los europeos de clase media.
Los centros receptores están, en su mayoría, localizados
en la franja costera y es allí donde mayor número de actividades
son realizadas por los visitantes, pero su radio de acción se extiende
por todo el territorio insular. A veces con presencia física hasta
en el rincón más recóndito de su geografía,
otras actuando como magnetizador del área que atrae fuerza de trabajo
de ida y vuelta, otras como productores de bienes que se desplazan a la
costa; en cualquier caso, interaccionando directa o indirectamente con
su población. El efecto demostración, más que los
encuentros cara a cara de unos individuos que, normalmente, no tienen un
especial interés por establecer relaciones con los "anfitriones",
ha mostrado su poder de incidencia en el cambio cultural, entre otros como
los ya citados cambios económicos y físicos, a lo largo de
los treinta años de desarrollo del sector.
Aún con estancias temporalmente cortas, si bien de frecuencia
continua, los efectos de un estilo de vida basado sobre la
despreocupación, el tiempo libre y el consumo, enfrenta a dos
tipos de gentes, los turistas y los locales, estableciendo claras diferencias
en los valores, patrones de comportamiento y demanda de bienes. Es necesario
resaltar que el turista no sólo consume servicios, sino que una
parte importante de la actividad generada por el turismo provoca la producción
de bienes para su consumo, y entre estos quedan incluidos los elementos
materiales (antes reflejo de nuestra cultura material: p.e. artesanía),
transportables, que conforman parte de la imagen del destino visitado.
Tanto unos como otros, bienes y servicios, se sitúan en un contexto
tangible y, en tanto que tal, concordan con una parte de la imagen real,
lo cotidiano. Ésta, por extensión de la lógica de
mercado, ha sido reinventada en una copia cuya calidad se mide en términos
de parecido a, convirtiéndose en un argumento para su venta (exportación)
como imagen creada que es presentada por los distintos agentes con una
heterogeneidad -contradictoriamente uniforme- de estilo, temática,
etc. que contribuye a erigir el destino en escenario y mercadillo.
Con las nuevas propuestas turísticas (léase turismo rural,
ecoturismo, etc.) la cotidianeidad pasa a ser un nuevo recurso que se solapa
a los ya existentes; como los demás es explotable, estudiable o
fotografiable comportándose, de igual forma que antes sucedió
en sentido inverso, como cualquier otra mercancía y cumpliendo con
el ciclo de consumo de cualquier producto. En este ámbito, nos encontramos
con cómo la posible conservación y/o rehabilitación
tanto de elementos naturales como creados por nuestros antecesores es utilizada
como una justificación, hasta cierto punto acertada, del desarrollo
turístico programado para algunas (¿todas?) áreas
de medianías y cumbres. Esta es la respuesta a la demanda europea,
fruto del crecimiento de la industria, del comercio y sus asociados, de
espacios abiertos e impolutos. Ello ha hecho a los gestores, como en otras
áreas de destino, poner énfasis sobre la eficacia en el uso
de los recursos y la protección de lugares relevantes.
El problema surge con la fuerte apreciación y condicionamiento
cultural sobre esa "imagen" de lo estéticamente
(turísticamente) atractivo; es decir, se mantiene y restaura
lo que aparentemente es significativo en el contexto recreacional, dando
en la mayor parte de los casos un nuevo uso ocioso a espacios antes olvidados.
Por otra parte, llevados por esta moda cultural, la no planificación
en los entornos concretos podría (como ya lo hizo en otros tiempos)
fomentar la rivalidad y competencia visitante/anfitrión aún
cuando, suponiendo el libre acceso, la percepción y ocupación
de esos espacios se dé de forma diferenciada. Si nos guiamos por
los ejemplos de lo ocurrido en las últimas décadas, la "imagen
vendida" hace ver a los locales o representar por los locales un papel
distintivo, ya sea laboral o "folclórico", como parte de "lo natural",
"lo étnico" o "lo tradicional", lo cual consumaría la conformación
de Canarias como destino-espectáculo, donde todo lo que acontece
puede ser construido y regulado como pintoresco, concluyendo con su presentación
a la población consumidora con una uniformidad de estilo, léxico,
temática (según los grupos de destinatarios) e iconos representativos
estandard.
No cabe duda que estamos asistiendo a un proceso ya establecido de
comercialización de la cultura, que es adornada,
clasificada y vendida por un precio variable según una amplia
tipología de consumidores. En este sentido, afirmar que los operadores
y gestores del turismo han encontrado un señuelo en esta mercancía
que les ayuda a competir en un mercado, no es ninguna exageración.
Las formas y valores implícitos en la cultura local, tras una suerte
de intermediación y adaptación, pasan a mostrarse explícitos
perdiendo su eficacia social anterior. La transformación, o cultura
transicional entre el antes y el después del encuentro con los turistas,
puede convertirse en una trampa para la cultura local al despojarse de
significación y dejar a la estructura social sin un soporte organizativo
y, más aún, si tenemos en cuenta que en algunas áreas
del Archipiélago los locales constituyen una minoría cultural.
Ahora bien ¿hasta que punto es esto sólo y exclusivamente
imputable al desarrollo turístico?
Canarias se encontraba ya inmersa en el desarrollo capitalista antes
de la aparición del turismo de masas (en torno a la
segunda mitad de la década de los sesenta) y el efecto demostración,
la mercantilización o la transformación de valores seguía
su curso. En nuestra opinión, el turismo, aunque con acepciones
tanto negativas como positivas, ha hecho de acelerador en esa transición,
imponiendo direcciones determinadas a los cambios, haciendo más
dependiente a una sociedad y economía, de por sí ya dependiente,
pero no podemos pretender hacer un museo estático e integral del
archipiélago en un intento de conservadurismo intelectual y/o reflejo
del ideal de naturaleza, cultura y valores de las gentes de los centros
metropolitanos.
No podemos limitarnos a la contemplación, uso y disfrute del
entorno, reconstruido y revitalizado, ni por su uso turístico ni
por su significación de "lo rústico" dentro de nuestras propias
ciudades, olvidando a los pobladores de las áreas concretas afectadas..
El equilibrio social y cultural, el referente estático sobre el
que medir los impactos no existe. Las poblaciones cambian y se reconstruyen
continuamente a sí mismas y, así contempladas, los efectos
que se analicen, al menos por los antropólogos, han de tener en
cuenta el componente diacrónico y objetivo de los nuevos actos y
significaciones. La interpretación de estos cambios, aún
aceptando la añoranza por un pasado superado y reconociendo que
no todos pueden ser vistos como positivos, es una tarea difícil
de afrontar en los estudios del turismo, que aún buscan un marco
conceptual apropiado, en esta representación escénica que
es Canarias, en un contexto de diversidad cultural y, contradictoriamente,
inmersa en el proceso de homogeneización que afecta, al menos, a
todo occidente.
---------FIN PÁGINA 7--------- |