banner-turismo2.gif (20181 bytes)
bline.gif (1252 bytes)
copy-ani-2.gif (30979 bytes) La publicación que aquí se muestra puede ser bajada de la red y utilizada libremente, con el único requisito (ruego), por respeto a los derechos de autor, de ser citada cuando se use.

 
 
TÍTULO: Canarias: la regeneración de un destino
AUTORES: Agustín Santana Talavera y Ramón Hernández Armas
AÑO: 1994 PUBLICADO EN: Revista Disenso, 8:6-7 
Un paraíso, un área con clima estable y cálido, buen paisaje e incluso buenos lugareños, amables y algo rústicos. Sobre esta imagen idílica se construye Canarias hacia el exterior, más que como un Archipiélago y su población, como un "destino". El turismo, un multisector que se ha elevado a más del cincuenta por ciento de nuestro PIB, ha tenido y tiene múltiples implicaciones directas en la metamorfosis que hemos vivido en los últimos treinta años. Para las islas se ha constituido como un nuevo factor económico, provocando el contacto y el cambio cultural que, como un tipo de efecto multiplicador, a su vez creó una nueva base económico-social, absorbiendo la economía local. Durante este proceso, mientras el sistema autóctono era transformado y asumido por la industria turística, el turista era integrado como un nuevo recurso explotable por la economía local, bajo las mismas consideraciones que los explotados hasta entonces, intentando conseguir rápidos beneficios en teoría reinvertibles. Pero la evolución y regeneración del tipo de turismo que nos visita, sobre todo en los últimos años, se ha mostrado en definitiva como un gradiente de capitalización y nueva atracción, provocando una sensación de cambio y/o modernización, creadora y estimulante del consumo, sobre todo a través del efecto demostración. 
Tal incorporación a la economía local, se ha manifestado en la interacción entre las poblaciones autóctonas y turísticas, 
engendrando básicamente, dos tipos de expresiones: (A) cambios materiales, en tanto que son necesarios para el 
acondicionamiento de los espacios receptores (alteración del paisaje) y para la readaptación a los nuevos ritmos de vida de esa población ociosa, ya de por sí portadores involuntarios de una nueva cultura, la "cultura del turista", de otro orden que la propia de los países emisores y (B) reestructuración social más o menos pronunciada, cuando la presión turística ha sido directa. La creación de empleos permanentes y temporales, muchos de baja o nula cualificación, modifica la importancia de los grupos profesionales, y las nuevas actividades se ofrecen como más gratificantes. Pero además, ha puesto de manifiesto los conflictos latentes en nuestro propio sistema, a través de las distintas posturas adoptadas frente al desarrollo creado. Así, los "grupos favorecidos" (promocionados laboral y económicamente) hablan y promueven positivamente el fenómeno turístico y sus efectos sobre la comunidad (revitalización, activador de fuerza potencial de trabajo -jóvenes y mujeres- y de los negocios). Mientras otros, normalmente los que no han tenido modificación económica alguna, lo tomarán como desfavorable y lo criticarán duramente, sobre todo en los aspectos influyentes sobre el control y la moralidad social o el futuro de Canarias y el sector en cuestión (la venta a plazos e irreversible de la tierra -de otra parte cada vez menos accesible para los locales, moradores tradicionales incluidos-, la alta dependencia de un área económica fluctuante,...). Prácticamente nos hemos (nos han) empeñado en la empresa de vender un bagaje de valores (de forma sintetizada: tipismo, tranquilidad y funcionalidad) que supuestamente cada 

---------FIN PÁGINA 6--------- 

uno asume, en el rol que le toca desempeñar dentro del estilo promocional diseñado "como marca", y ello tiene sus razones bien fundamentadas. No cabe duda de que el turista viaja cargado de un amplio bagaje de estereotipos, no sólo debido a su caracterización particular de índole sociocultural- económica sino además de los creados exprofeso por los intermediarios del viaje en su conversión a turista de un destino, y ahí entramos nosotros, nuestros políticos y las distintas campañas de formación interior (gente amable, isla diez,etc.) destinadas a controlar la contaminación perceptual. Las esperanzas e ilusiones del visitante acerca de esa imagen promocionada con un paisaje, una cultura, unas gentes, unas actividades ociosas a practicar en el lugar escogido van a influir en los encuentros a establecer. 
Bien es cierto, en principio, que los turistas tienden a estar concentrados en guetos turísticos o, a lo sumo, en áreas o regiones más o menos localizadas y, de esta forma, los encuentros interculturales -así como los cambios por influencia de los mismos- recaen sobre una comparativamente pequeña parte de la población del país visitado (especialmente en los trabajadores de la hostelería directa). Ahora bien, ¿hasta qué punto es extensible tal apreciación cuando nos referimos a un ecosistema insular?

Cualquiera de las islas que componen el Archipiélago entra dentro de la línea de ofertas vacacionales para los europeos de clase media. Los centros receptores están, en su mayoría, localizados en la franja costera y es allí donde mayor número de actividades son realizadas por los visitantes, pero su radio de acción se extiende por todo el territorio insular. A veces con presencia física hasta en el rincón más recóndito de su geografía, otras actuando como magnetizador del área que atrae fuerza de trabajo de ida y vuelta, otras como productores de bienes que se desplazan a la costa; en cualquier caso, interaccionando directa o indirectamente con su población. El efecto demostración, más que los encuentros cara a cara de unos individuos que, normalmente, no tienen un especial interés por establecer relaciones con los "anfitriones", ha mostrado su poder de incidencia en el cambio cultural, entre otros como los ya citados cambios económicos y físicos, a lo largo de los treinta años de desarrollo del sector. 
Aún con estancias temporalmente cortas, si bien de frecuencia continua, los efectos de un estilo de vida basado sobre la 
despreocupación, el tiempo libre y el consumo, enfrenta a dos tipos de gentes, los turistas y los locales, estableciendo claras diferencias en los valores, patrones de comportamiento y demanda de bienes. Es necesario resaltar que el turista no sólo consume servicios, sino que una parte importante de la actividad generada por el turismo provoca la producción de bienes para su consumo, y entre estos quedan incluidos los elementos materiales (antes reflejo de nuestra cultura material: p.e. artesanía), transportables, que conforman parte de la imagen del destino visitado. Tanto unos como otros, bienes y servicios, se sitúan en un contexto tangible y, en tanto que tal, concordan con una parte de la imagen real, lo cotidiano. Ésta, por extensión de la lógica de mercado, ha sido reinventada en una copia cuya calidad se mide en términos de parecido a, convirtiéndose en un argumento para su venta (exportación) como imagen creada que es presentada por los distintos agentes con una heterogeneidad -contradictoriamente uniforme- de estilo, temática, etc. que contribuye a erigir el destino en escenario y mercadillo. 
Con las nuevas propuestas turísticas (léase turismo rural, ecoturismo, etc.) la cotidianeidad pasa a ser un nuevo recurso que se solapa a los ya existentes; como los demás es explotable, estudiable o fotografiable comportándose, de igual forma que antes sucedió en sentido inverso, como cualquier otra mercancía y cumpliendo con el ciclo de consumo de cualquier producto. En este ámbito, nos encontramos con cómo la posible conservación y/o rehabilitación tanto de elementos naturales como creados por nuestros antecesores es utilizada como una justificación, hasta cierto punto acertada, del desarrollo turístico programado para algunas (¿todas?) áreas de medianías y cumbres. Esta es la respuesta a la demanda europea, fruto del crecimiento de la industria, del comercio y sus asociados, de espacios abiertos e impolutos. Ello ha hecho a los gestores, como en otras áreas de destino, poner énfasis sobre la eficacia en el uso de los recursos y la protección de lugares relevantes. 
El problema surge con la fuerte apreciación y condicionamiento cultural sobre esa "imagen" de lo estéticamente 
(turísticamente) atractivo; es decir, se mantiene y restaura lo que aparentemente es significativo en el contexto recreacional, dando en la mayor parte de los casos un nuevo uso ocioso a espacios antes olvidados. Por otra parte, llevados por esta moda cultural, la no planificación en los entornos concretos podría (como ya lo hizo en otros tiempos) fomentar la rivalidad y competencia visitante/anfitrión aún cuando, suponiendo el libre acceso, la percepción y ocupación de esos espacios se dé de forma diferenciada. Si nos guiamos por los ejemplos de lo ocurrido en las últimas décadas, la "imagen vendida" hace ver a los locales o representar por los locales un papel distintivo, ya sea laboral o "folclórico", como parte de "lo natural", "lo étnico" o "lo tradicional", lo cual consumaría la conformación de Canarias como destino-espectáculo, donde todo lo que acontece puede ser construido y regulado como pintoresco, concluyendo con su presentación a la población consumidora con una uniformidad de estilo, léxico, temática (según los grupos de destinatarios) e iconos representativos estandard. 
No cabe duda que estamos asistiendo a un proceso ya establecido de comercialización de la cultura, que es adornada, 
clasificada y vendida por un precio variable según una amplia tipología de consumidores. En este sentido, afirmar que los operadores y gestores del turismo han encontrado un señuelo en esta mercancía que les ayuda a competir en un mercado, no es ninguna exageración. Las formas y valores implícitos en la cultura local, tras una suerte de intermediación y adaptación, pasan a mostrarse explícitos perdiendo su eficacia social anterior. La transformación, o cultura transicional entre el antes y el después del encuentro con los turistas, puede convertirse en una trampa para la cultura local al despojarse de significación y dejar a la estructura social sin un soporte organizativo y, más aún, si tenemos en cuenta que en algunas áreas del Archipiélago los locales constituyen una minoría cultural. Ahora bien ¿hasta que punto es esto sólo y exclusivamente imputable al desarrollo turístico? 
Canarias se encontraba ya inmersa en el desarrollo capitalista antes de la aparición del turismo de masas (en torno a la 
segunda mitad de la década de los sesenta) y el efecto demostración, la mercantilización o la transformación de valores seguía su curso. En nuestra opinión, el turismo, aunque con acepciones tanto negativas como positivas, ha hecho de acelerador en esa transición, imponiendo direcciones determinadas a los cambios, haciendo más dependiente a una sociedad y economía, de por sí ya dependiente, pero no podemos pretender hacer un museo estático e integral del archipiélago en un intento de conservadurismo intelectual y/o reflejo del ideal de naturaleza, cultura y valores de las gentes de los centros metropolitanos. 
No podemos limitarnos a la contemplación, uso y disfrute del entorno, reconstruido y revitalizado, ni por su uso turístico ni por su significación de "lo rústico" dentro de nuestras propias ciudades, olvidando a los pobladores de las áreas concretas afectadas.. El equilibrio social y cultural, el referente estático sobre el que medir los impactos no existe. Las poblaciones cambian y se reconstruyen continuamente a sí mismas y, así contempladas, los efectos que se analicen, al menos por los antropólogos, han de tener en cuenta el componente diacrónico y objetivo de los nuevos actos y significaciones. La interpretación de estos cambios, aún aceptando la añoranza por un pasado superado y reconociendo que no todos pueden ser vistos como positivos, es una tarea difícil de afrontar en los estudios del turismo, que aún buscan un marco conceptual apropiado, en esta representación escénica que es Canarias, en un contexto de diversidad cultural y, contradictoriamente, inmersa en el proceso de homogeneización que afecta, al menos, a todo occidente. 
---------FIN PÁGINA 7--------- 

Ball-ani.GIF (224 bytes)

bline.gif (1252 bytes)