Antropología del Turismo.

Textos explicativos

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El impacto sociocultural del turismo  

Del libro: Antropología y turismo ¿Nuevas hordas, viejas culturas?. Autor: Agustín Santana. Editorial Ariel. Barcelona. 1997. Páginas: 90-104.

Con un fin turístico, los viajes a diferentes áreas del mundo ofrecen la oportunidad de ver, observar y, pocas veces, participar en culturas y modos de vida >extraños= a los ojos del turista. El desarrollo del sistema que soporta a estos nuevos viajeros, como ya hemos visto, viene acompañado por impactos tanto de carácter económico como físico o espacial, pero también otros, no menos importantes, sobre el entorno social y cultural que tienden, a través de esa actividad >limpia= (Duysens, 1987:2) que es el turismo, a reestructurar la sociedad y homogeneizar la cultura como fenómeno urbano (Prod'homme, 1985).

En términos simples podríamos decir, diferenciándolos de los anteriormente revisados, que los impactos socioculturales son >impactos sobre la gente=, esto es, los efectos que sobre los residentes habituales y fijos de la comunidad anfitriona tienen las asociaciones directas e indirectas con los visitantes, a lo que habría que añadir los efectos de la actividad turística y los encuentros sobre los mismos individuos que practican el turismo y sus sociedades de origen. La distinción, no cabe duda que necesaria, entre estudios social y cultural es particularmente dura de identificar (Lea, 1988:62), conviniéndose aquí que el impacto social incluye los cambios más inmediatos en la calidad de vida y el ajuste a la actividad en las comunidades de destino, mientras que el impacto cultural (o aculturación turística - Fdez. Fuster, 1985:15) abarca los cambios a largo plazo en las normas sociales, la cultura material y los estandar, los cuales irán emergiendo gradualmente en una relación social comunitaria.

En las últimas décadas se han llevado a cabo un buen número de estudios que examinan este tipo de impactos y en contraste con los efectos económicos, en casi todos los casos, la literatura los muestra desde una visión negativa. Algunos han inventariado numerosos impactos concretos (Young, 1973; Jafari, 1974; Turner y Ash, 1975; Adams, 1992; Berghe, 1992, 1995; Black, 1996), otros se han concentrado sobre un tipo particular de ellos (Jud, 1975; Graburn, 1976; Eadington, 1978), lo han localizado sobre zonas específicas, incluyendo las islas del Pacífico (Farrell, 1977; Finney y Watson, 1977; Chesney-Lind y Lind, 1986; Cessford y Dingwall, 1994), Asia (Francillon, 1975; McKean 1976; Cohen y Cooper, 1986), España (Greenwood, 1972; Agudo Torrico, 1991; Santana Talavera, 1987, 1990), Europa (Boissevain, 1996; Bostedt y Mattsson, 1995), Africa (Ouma, 1970; Bachmann, 1988), el Ártico (Beck, 1994), el Caribe (Bryden, 1973; Pérez, 1975; Lundberg, 1974), de Kadt en 1979 ya realizó una sucinta recopilación sobre los tópicos que aparecen en diferentes autores, Smith (1977c) y Nettckoven (1979) expusieron y discutieron acerca de los mecanismos de interacción intercultural, etc.[1]

Un tema común en el estudio del turismo es el considerable cambio cultural forjado por la llegada de los turistas (McKean, 1977:93-4), partiendo siempre de suposiciones del tipo: (1) los cambios provocados por la intrusión de un sistema externo producen disonancias dentro de la débil cultura receptora; (2) los cambios son generalmente destructivos para la población nativa; (3) los cambios conducen a una homogeneización cultural, pasando la identidad étnica o local a ser sumida bajo la tutela de un sistema, similar al industrial, tecnológicamente avanzado, una burocracia nacional/multinacional y una economía orientada al consumo.


En general, si bien los impactos socioculturales son numerosos y variados, la mayoría de ellos pueden ser clasificados en diez tópicos mayores (Cohen, 1984:385; Pearce, 1986:41): comunidad envuelta en un sistema amplio, la naturaleza interpersonal de las relaciones, las bases de la organización social (composición sexual y generacional, modificación del tamaño y tipo de familia, transformación de una población rural a urbana, etc.), el ritmo de vida social (vida diaria), la migración, la división del trabajo y el tipo de ocupación (aumento de demanda de fuerza de trabajo femenina), la estratificación (tanto laboral como social), la distribución del poder, la desviación de las costumbres y el arte.

Tales tópicos se desenvuelven en un contexto marcado por los grupos involucrados y las relaciones entre ellos. En este sentido se acepta la dicotomía básica >host and guest= (Smith, 1977), esto es, anfitrión e invitado, si bien algunos como Murphy (1984) prefiere denominarlos, sin dejar en desuso la anterior, residente y turista. Podemos pues establecer tres categorías diferentes implicadas en este tipo de impacto (Affeld, 1975:109)[2]:

(a) El turista. Cuyos estudios han mostrado las ramificaciones de la demanda de servicios turísticos y las motivaciones, actitudes y expectativas de aquel.

(b) El residente. Enfatizando el papel que juega como oferente de servicios al turista y de >organizador= local del sistema.

(c) La interrelación turista-anfitrión. Concerniendo a estos trabajos la naturaleza del contacto entre los implicados y las consecuencias del mismo.

Sin embargo, como Fernández Fuster (1985) anota, del mismo modo que no podemos limitar el impacto al núcleo turístico, pues sus efectos pueden sentirse en las zonas no turísticas lindantes y en las áreas generadoras, tampoco debemos considerar a ningún grupo como homogéneo, variando el impacto de acuerdo con las diferencias entre residentes y visitantes, ya en términos de número, frecuencia, procedencia y nivel económico, ya en cuanto a su cultura de origen, visión social o tipo de turismo que practique. Con estas consideraciones, y siguiendo la tipología de Smith (1977) podemos determinar hasta qué punto los turistas se adaptan al entorno local visitado (Cuadro 3), aunque es escaso el conocimiento de los efectos del turismo no institucionalizado (Cohen, 1972) -exploradores y turismo de mochila- sobre las sociedades anfitrionas.

Se nos plantean de esta forma cuatro problemas que deben ser analizados: las relaciones residente/visitante, los sistemas de medida del impacto, el cambio social y el cambio cultural. Pero, antes de comenzar con esta tarea, es necesario precisar que los analistas del turismo se encuentran con serias dificultades para separar los efectos de éste sobre las culturas anfitrionas de aquellos cambios inducidos por otras causas. El turismo representa solamente una forma de exposición de los residentes a elementos de sociedades con una cultura diferente, con lo que podemos considerarlo responsable de acelerar los cambios, pero nunca como un factor endémico y necesario para el desarrollo de los mismos. Además de ello, los efectos iniciales sobre la gente, sobre sus vidas cotidinas, generalmente rápidos y claramente identificables (impactos primarios), se vuelven con el tiempo lentos, rutinarios (impactos secundarios) y, con esto, mucho menos obvios tanto para los actores sociales como para .la mirada del investigador.

 

Las relaciones residente/visitante


Si bien no es necesario el contacto directo turista-anfitrión para que se de el impacto[3], la presencia de corrientes turísticas en un núcleo receptor posibilita la coexistencia de dos realidades separadas, universo del turista y universo del residente, en el mismo espacio físico. El turista se encuentra separado de sus anfitriones por los factores de dominio, la distinción trabajo-ocio y todas las diferencias culturales se muestran en situaciones o encuentros particulares que serán el mayor factor de influencia en el entendimiento o rechazo.

Ahora bien, tal punto de vista -dos mundos separados, dos extremos- peca de cierto simplismo. Como lo indicó Frick McKean (1977:94-5), podemos situar, si es imprescindible y, en cualquier caso, exclusivamente durante las etapas iniciales de la investigación, dos extremos metodológicos: de una parte el >mundo turista= en el que el total de los cambios socioculturales ocurren en el área afectada por el turismo y el área anfitriona viene a ser modelada desde los patrones de los grupos visitantes y, de otra, un >mundo nativo= en el que no ocurren cambios, y la vida usual anterior al contacto continúa. Estos deben ser contemplados como los polos de un continuum y cada uno puede ser visto como un >tipo ideal=. En la práctica, la aparente continuidad o persistencia de cada uno deberá ser explicada en términos del sistema, de manera que permita llevar a cabo transacciones autónomas y no interferentes.

Se pueden señalar tres contextos básicos de encuentro (De Kadt, 1979:50) que deben ser estudiados por el investigador, estos son:

(a) Cuando el turista adquiere un bien o servicio del residente.

(b) Cuando el turista y el residente se encuentran uno junto al otro en lugares de ocio, tales como una playa, un parque, un festival o una discoteca.

(c) Cuando las dos partes se encuentran cara a cara con objeto de intercambiar información e ideas que faciliten su entendimiento.

Pocos estudios tratan específicamente, sin embargo, la naturaleza y dinámica de la relación turista/anfitrión en sus tres dimensiones -interacción, percepción y motivación- (Cohen, 1984:379). Sutton (1967:220) inicia el análisis del carácter distintivo de esta relación especial y lo caracteriza como una serie de encuentros, donde los participantes están orientados a conseguir una gratificación inmediata más que a mantener una relación continua, con lo que la interacción se presta al engaño, la explotación y la desconfianza, esto es, Aambos, turistas y nativos, difícilmente pueden escapar a las consecuencias de la hostilidad y la deshonestidad@ (van den Berghe, 1980:388) en unos encuentros donde se enfatizan y se da prioridad a la relación comercial transitoria (los dos primeros contextos señalados).

De acuerdo con la UNESCO (1976:82), tales encuentros están caracterizados por cuatro grandes rasgos:

(1) Los encuentros transitorios son una característica de la mayoría de las visitas de los turistas temporales y son vistos de manera muy diferente por ambas partes de la relación, en tanto que la relación temporaria es diferente para cada grupo interactúante. Es fácilmente comprensible que el anfitrión pueda verla como una relación superficial que se lleva a cabo a lo largo de la estación turística, como una experiencia tautológica y repetitiva, en tanto que se funciona a partir de estereotipos y no de individualidades.

(2) Tiempo y espacio continuamente tienen el efecto de obligar e intensificar los encuentros, que a su vez se ven restringidos a los empleados directamente en el sector (p.e. hoteles o apartamentos y sus servicios) o al resto de la población señalada por su tipismo/rareza desde un autobús o desde el >ghetto turístico=. Si distinguimos, de nuevo, por tipos de turistas hay que precisar que algunos, exploradores y drifter, están suficientemente motivados para mezclarse de inmediato, si bien de forma artificial, con la población residente (Cohen, 1972:168), mientras que el turismo de masas tiene controlados sus movimientos directamente por los tour-operadores o indirectamente a través de la localización de sus >ghettos= (completos en lo que a servicios de ocio y descanso se refiere).


(3) Además, es típica una suerte de espontaneidad en la mayoría de los encuentros. El turismo toma ciertas relaciones humanas informales y tradicionales del área de actividad, volviendo sus actos de la hospitalidad espontánea a la transacción comercial (De Kadt, 1979:14) (tales como el pago por ver una ceremonia o la artificialidad de una expedición de compras organizada). Los encuentros son preparados con antelación y formalizados, incluso mediante contrato, con el fin de que se encajen en el horario del tour y ofrezcan exactamente lo que el turista espera.

(4) Otra característica frecuente de los encuentros viene dada por una relación turista/anfitrión basada sobre una experiencia desigual y desequilibrada. El anfitrión se siente inferior (UNESCO, 1976:93) y, para compensar ésto, una vez percibidas las debilidades del turista, explota su aparente abundancia.

Podemos, pues, resumir lo dicho en que la relación turista/residente está continuamente variando en grado, incluida en y regulada desde dos sistemas socioculturales diferentes: un sistema nativo, que es invadido por el turismo, y el emergente sistema turístico. Los turistas son inicialmente tratados como parte de las relaciones tradicionales anfitrión/invitado, pero al incrementar su número comienzan a ser menos bienvenidos (Cohen 1982:248), alejándose de la relación tradicional. Pasan, pues, del trato familiar a otro que no precisa obligación ni reciprocidad, esto es, el comercio, donde la hospitalidad entra en el dominio económico y el encuentro se basa en la remuneración (Greenwood, 1977).

 

Los sistemas de Doxey y Butler para medir el impacto.

Siguiendo a Murphy (1984), Mathieson y Wall (1986) y Lea (1988), pocos estudios han sugerido las formas de valorar el impacto social del turismo. Una de las direcciones tomadas por los teóricos ha sido enfocar sobre los factores de presión y buscar el umbral entre aceptación y rechazo de la industria. Tal aproximación tiene mucho en común con el concepto de capacidad de sustentación, pero tiende a ser más abstracta en tanto que extrapola un concepto más o menos tangible por medidas biológicas al campo de las presiones y actitudes humanas, de carácter no cuantificable.

Dos son los sistemas que parecen ser capaces de valorar tales factores intangibles, aplicándolo a las investigaciones sobre el impacto social del turismo, aún reconociendo que este cambia a través del tiempo en respuesta a los cambios estructurales de la industria y la intensidad de la relación turista/residente.

Doxey (1975), tomando la idea de Young (1973)[4], propone un índice de irritación que se identifica con los efectos acumulativos del desarrollo turístico sobre las interrelaciones sociales. Basando su modelo sobre análisis de trabajos de campo en núcleos turísticos como Barbados y Niágara (Canada), sugiere que la existencia de impacto recíproco entre visitantes y residentes puede ser convertida metodológicamente en varios grados de irritación de los residentes.

Esta puede tener sus orígenes en el ascenso del número y/o frecuencia de turistas y la amenaza de que ellos actúen sobre la forma de vida local, pasando sucesivamente a través de estados de euforia, apatía, enojo y antagonismo (Cuadro 13), estado este último en el que, generalmente, la gente considera que ha perdido lo que apreciaban y el entorno está destruido.


Mientras que, como vemos, el modelo de Doxey sugiere una secuencia unidireccional, donde las actitudes de los residentes van cambiando en el tiempo en una secuencia predecible, el de Butler (1975)[5] reconoce que las actitudes emergentes en una comunidad dada ante el desarrollo del turismo son comúnmente más complejas, al involucrar a los residentes, tanto individuos como grupos, en una industria creciente.

 

 

FASE

 

1

 

 

2

 

 

 

3

 

 

4

 

Euforia

 

Fase inicial del desarrollo, visitantes e inversores son bienvenidos, pocos planes y mecanismos de control

 

 

 

Apatía

 

 

Los visitantes se dan por sentado, los contactos entre residentes y visitantes toman forma comercial, la planificación está fundamentalmente dirigida al marketing

 

 

 

Enojo

 

 

El punto de saturación está próximo, los residentes recelan de la industria turística, la administración trata de solucionarlo creando infraestructura más que limitando el crecimiento

 

 

 

Antagonismo

 

La irritación es abiertamente expresada,los visitantes son vistos como la causa de todos los problemas, el planeamiento trata de remediarlo pero la promoción decrece y se deteriora la reputación del destino

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUADRO 13. Indice de irritación de Doxey (Murphy, 1984:124).

 

Las actitudes y comportamiento de los grupos o individuos frente al proceso turístico y al turista mismo, pueden ser siempre positivas o negativas y activas o pasivas, de manera que el resultado de las reacciones puede tomar la forma de una de las cuatro actitudes mostradas en el CUADRO 14, pudiendo coexistir varias de ellas aunque varíe el de individuos incluidos en cualquiera. De esta forma, es importante tener en cuenta, además de la afluencia turística (número de visitantes), la duración de la estancia y las características socioeconómicas de los turistas, a lo cual debemos añadir las características propias del destino que nos ayudarán a determinar la capacidad de absorción del creciente número de visitantes.

Características como el nivel de desarrollo económico, la distribución espacial de la actividad turística en relación a otras actividades económicas, la resistencia de su cultura local y la actitud política pueden mostrar la forma en que un destino amolde y administre la actividad turística para maximizar los beneficios y minimizar los efectos negativos, tanto económicos como sobre la estructura social.



Se podría usar una combinación de los dos sistemas de valoración para ver como la proporción de individuos en cada categoría de Butler varía en núcleos turísticos atendiendo a diferentes estados del índice de irritación de Doxey. Aunque es poca la evidencia de la aplicación de estos sistemas, podemos ver a través del análisis del cambio social una de ellas.

Así pues, se suelen asociar la euforia y el entusiasmo con los estados preliminares del turismo (Nash, 1977:43; Cohen, 1984:381; Mathieson y Wall, 1986:142), aunque esta actitud positiva no suele darse en aquellos casos en que la nueva actividad es impuesta desde fuera, y la disipación del optimismo con el incremento del número de turistas y la expansión de la industria. La percepción y actitudes de los residentes se encamina hacia el antagonismo que puede tomar proporciones xenofóbicas, cuando se sobrepasa el punto de saturación del área de destino, exacerbando las diferencias económicas y culturales o engendrando una competencia por los recursos locales. Ello puede además ser estimulado o reforzado por la conducta de los turistas, especialmente en situaciones de considerable asimetría.

Los límites de la tolerancia local al turismo pueden ser descritos como una forma de capacida de sustentación o de carga[6], ya que excedido este umbral se hacen notar una serie de efectos detrimentes sobre la industria, creando un ambiente no amigable para los turistas y reduciendo, con ello, parte del atractivo del destino. Se da pues una forma de impacto acumulativo sólo aceptable mientras el turismo deja beneficios económicos a nivel local. Ahora bien, tales límites variarán entre los grupos anfitriones de distintas áreas (Mathieson y Wall, 1986:141) con:

A) La distancia cultural y económica entre turistas y anfitriones.

B) La capacidad del destino y su población a la absorción física y psicológica de la llegada de turistas sin marginar más de lo deseable las actividades locales.


C) La rapidez e intensidad del desarrollo turístico. Cuando el turismo es introducido de manera paulatina, sus efectos se hacen menos notorios; sin embargo, cuando el turismo sustituye a las actividades productivas locales en un corto período de tiempo y adquiere un papel dominante dentro de la estructura y cambio económico y social, las repercusiones psicológicas son inevitables (caso por ejemplo de lo ocurrido en las islas del Caribe, Pacífico e incluso Canarias).

Atendiendo a ello, podemos dar al menos dos usos a la noción de capacidad de sustentación social, ambos con funciones prácticas para el planeamiento y control del turismo. De una parte, determinar para cada destino sus recursos sociales finitos, incluyendo la hospitalidad, para no añadir presiones que conduzcan a los residentes de actitudes de entusiasmo a la oposición agresiva a la actividad turística. De otra, proveernos de un modelo para valorar el impacto social relativo del desarrollo turístico, sobre todo el nivel de dependencia social (a través del efecto demostración) del triángulo turistas-residentes-inmigrantes.

Pero )en qué elementos sociales se muestran los impactos del turismo? La simple presencia de los turistas, su aparente superioridad material y la propiedad de tierras, negocios u ocupación de puestos destacados dentro de las actividades asociadas al sector, puede crear nuevas aspiraciones (Smith, 1977:68) que empujan a los residentes a copiar tanto su comportamiento (que Prod'homme -1885- cataloga como exhibicionismo cultural) como sus modelos de gasto (efecto demostración), impulsando modificaciones en la estructura interna de las comunidades anfitrionas, como pueden ser, los cambios en la estratificación (modificación de la importancia respecto a los grupos socioprofesionales), en el rol de las mujeres, en la cohesión comunitaria o en las instituciones y organizaciones formales e informales que se reflejan en temas concretos como la conducta moral (prostitución, delitos, apuestas), la religión y la sanidad.

En este sentido, una amplia literatura ha cubierto las principales regiones turísticas indicando que existe una relación cerrada entre la venta del sexo, varias formas de delito y apuestas organizadas con el desarrollo del turismo, si bien, dada la ilegalidad de tales factores, es muy difícil encontrar evidencias claras con respaldo estadístico del rol exacto jugado por la industria en cuestión. Las hipótesis que se barajan en torno a estos temas sugieren que la actividad ociosa, la congestión de personas, la relajación de las costumbres y el incremento del gasto potencian este tipo de actividades que dejan pingües beneficios en los entornos locales.

De otra parte, por último, la religión ha sido una fuerza poderosa que ha viajado con los turistas y que ha generado núcleos turísticos espirituales como Jerusalén, Medina, La Meca o Bangkok, provocando reacciones diversas (desde la conversión a un culto diferente al tradicional hasta el rechazo hacia los turistas-peregrinos) entre los residentes.

 

Los cambios de la cultura por efecto del desarrollo turístico: el ejemplo de la artesanía y la autenticidad.


El visitante viaja con una serie de expectativas sobre el destino y, generalmente, entre ellas pueden indentificarse algunas de índole cultural, tales como: las tradiciones, la gastronomía, la artesanía, el arte, la arquitectura o los elementos materiales de la historia, las celebraciones festivas y la música, etc., pero los efectos producidos van más allá de tales elementos culturales demandados. Los valores, la identidad, los patrones de uso de la tierra, la socialización de nuevas generaciones, las formas de organización doméstica, la percepción del medio, la religión o la indumentaria, entre otros, pueden verse modificados por la acción de los impactos secundarios del turismo[7]. Éstos, que describimos como rutinarios, lentos y pausados, son fruto del encuentro del turista y el residente local, que enfrentan un bagaje de estereotipos supuestamente útiles para ese tipo concreto de contacto, temporalmente limitado y repetitivo en su esencia, aunque no en sus actores, y que a largo plazo afectará definitivamente a ambas partes de la relación.

De manera idéntica a otras formas de impacto, los efectos culturales del turismo no son, ni en ningún caso pueden ser considerados, factores únicos del cambio cultural, pero tendrán que ser considerados siempre que el área de estudio pueda estar influida directa o indirectamente por el turismo. Esto es, no sólo en aquellos casos en que la evidencia demuestre que se trata de un centro receptor o de visita turística, sino además en todos aquellos que puedan verse afectados por la atracción de fuerza de trabajo, la producción de bienes y/o servicios, la alteración del nicho ecológico por extracción de áridos, el encuentro esporádico con turistas, o cualquier otra forma de contacto con la actividad. Si no se tiene en cuenta esta posibilidad corremos el riesgo de no poder justificar algunas variaciones importantes en las poblaciones analizadas, ocurridas precisamente para adaptarse a las nuevas situaciones económicas, sociales y culturales que genera el turismo.

La investigación del impacto cultural del turismo está centrada en tres formas culturales (Mathieson y Wall, 1990:203):

(A) Formas de cultura que son especialmente animadas y pueden involucrar hechos especiales para la sociedad anfitriona. Con el avance de la actividad turística, eventos privados como las ceremonias religiosas o las fiestas populares han sido afectadas tanto positiva como negativamente. En cuanto al primer aspecto, muchas han sido las fiestas y ceremonias que se han salvado de la desaparición o se han creado al convertirse en un acto de interés turístico[8]. Ahora bien, muchos rituales han sido desvirtuados para su explotación como fenómenos extraños (Boorstin, 1961), exóticos y típicos, pasando a ser productos artificiales ofertados en el mercado del turismo.

(B) Formas de cultura reflejadas en la vida diaria del área de destino. Dentro de estas, destaca, junto al crecimiento de la estandarización de los bienes de consumo, los cambios de uso del lenguaje, tal vez por influencia directa del negocio con la empresa hotelera. El lenguaje como vehículo de comunicación social es un elemento vital para la supervivencia cultural (Murphy, 1984:132) y, examinando los patrones lingüísticos, se puede ilustrar el grado de asimilación social y la pureza étnica presente en una sociedad.

White (1974), a partir de un estudio realizado en el cantón de Graubunden (Suiza), ha propuesto tres maneras por las cuales el turismo puede conducir a cambios en los patrones del lenguaje. La primera apunta que a través de la introducción de inmigrantes y el contacto de estos con la población residente, además del cambio económico provocado por el turismo, puede ocurrir un traslado del lenguaje en uso hacia el utilizado por los emigrantes. Este nuevo lenguaje estará en función de facilitar los encuentros cara a cara con los nuevos vecinos, normalmente temporales. En segundo lugar, a través del efecto demostración, cuando los residentes aspiran a obtener el estatus de los visitantes, comienzan a imitar tanto su lenguaje como su estilo de vida. Y, por último, a través del contacto social directo, que requiere a los residentes conversar en el lenguaje del turista para participar en la transacción comercial y social. Los análisis de las uniones entre el lenguaje en declive y el desarrollo del turismo, indica que los factores dominantes en este sentido también tienen base económica.


(C) Formas de cultura que son inanimadas (la cultura material). Incluyen esta categoría la arquitectura y los monumentos -lugares- históricos, además de la producción artística y artesana. Esta última forma cultural, la artesanía, por las transformaciones que suele sufrir en el entorno de la actividad turística -indicativas del grado de aculturación- y por estar estrechamente vinculada a los intereses etnográficos de la disciplina, merece una especial atención en los estudios de caso. En este sentido, el investigador ha de tener en cuenta que al igual que existe un espacio o una comida propiamente turística, existe un objeto turístico (Gaviria, 1978:55). Este objeto, según el tipo de cosumidor turístico y de destino, podrá ser identificado por sus características más obvias: pequeño, barato, no demasiado exótico y poseer la cualidad de connotar simbólicamente el área visitada. Pero deberemos mirar más acá del objeto en venta, descubrir cuál ha sido el proceso por el que ahora se encuentra expuesto en un escaparate o sobre una manta que invita a su compra a un nuevo público al que, en último término, no le interesa el estilo y la forma simbólica sino la representación suntuaria y recordatoria.

La artesanía, el arte funcional popular, posee fuertes contenidos étnicos emanados de la tradición y la cultura propia, constituyéndose, en origen, en la expresión material de la cultura y su propia percepción. Es la representación de lo exótico no mutable por excelencia. La artesanía se conforma como una identificación más del grupo frente a lo externo, manifestándose como los símbolos materiales estereotipados que les representan.

Si bien no es sencillo referise a una evolución de la artesanía en términos generales, puesto que en ningún caso se dan cambios unilineales, si son apreciables una serie de procesos repetitivos, de manera que podemos establecer una línea breve y generalizante. De esta forma, con la industrialización, más que con el desarrollo turístico, esta forma útil de expresión, va transformándose o desapareciendo. Quedan los artesanos viejos, caracterizados por una baja renta y, generalmente, poco prestigio social. El Arenovarse o morir@ se convierte en lema, muchos pasan a ser pequeños industriales, y sus hijos, en otros tiempos sus sucesores en la actividad artesana, se reconvierten a los sectores productivos dominantes. Simplificando mucho, la artesanía útil puede desaparecer con el artesano pero ésta es, al menos, recreada en un objeto de consumo industrializado, el souvenir. Con él se abre un mercado, no necesariamente de la artesanía tradicionalmente entendida, para productos que tengan demanda entre los turistas y, según el tipo, entre los mismos anfitriones.

El proceso de cambio, lejos de ser visto como un elemento denigrante de la cultura local, una separación del contenido étnico -que en algunos casos, sobre todo con el turismo de masas, es indudable que sucede-, ha de entenderse como un continuum, esto es, en una forma transicional (Cohen, 1993:139) del arte que, con el turismo o sin él, evoluciona para adaptarse a las nuevas situaciones. Los símbolos estereotipados que representan a los actores, al menos en un primer estadio, se separan de la identidad cultural. Estos se transforman creando nuevos estereotipos que son muestra de la conjunción de las demandas de mercado (de los comparadores potenciales, mayoritariamente turistas, y desde los países de origen) y la adaptación, más o menos consciente, por las gentes del destino.

A la vez que se transmite una supuesta imagen simbolizada del área de atracción turística, con la ventaja -ausente del resto de los medios de promoción- del hecho a mano como forma de autenticidad, los nuevos estereotipos son asumidos y transmitidos en la endoculturación.


Siguiendo a Graburn (1984), podemos establecer la línea (no evolutiva, puesto que todos los elementos a describir pueden sucederse en un tiempo) seguida por la artesanía. De esta forma, a partir de la artesanía tradicional, fundamentalmente utilitarista y funcional, ante un mercado potencial originariamente local-urbano y, en menor medida, turístico, el objeto artesano se adapta, manteniendo formas tradicionales y la 'autenticidad' garantizada por el artesano, dando origen a una réplica comercializada de la artesanía tradicional. Ésta está destinada a un comprador que generalmente conoce el objeto originario, su uso y lugar en el pueblo. En el caso de venta turística, se trata de un turismo culto y que, dentro de la clasificación de Smith (1977), podría ser considerado como parte de un turismo de élite, cultural y étnico, normalmente restringido a una minoría que busca el vestigio del estilo de vida tradicional que, tal vez, pudiera coincidir con el pasado de su cultura propia.

Con la llegada del turismo de masa y charter, con el cambio cultural que se da paralelo a él, se dan dos procesos simultáneos e intercomunicados. De una parte la réplica creada para su comercialización es adaptada para una masa importante de compradores. Por las características propias del viaje, es necesario que el objeto sea transportable, y por las características propias del comprador, ahora mayoritariamente turista, en necesario que el objeto sea barato. Se da para ello una reestructuración de las condiciones de producción, que afecta tanto a los motivos representados como a las formas, generalizándose la miniaturización.

Nace así el souvenir, donde las nuevas formas deben responder a lo que el comprador potencial, normalmente desconocedor de la artesanía tradicional-funcional, piensa y espera encontrar en el área. Con ello se produce una desconección, en la mayor parte de los casos temporal, entre los objetos realizados y la cultura de la zona, de manera que los habitantes locales no entenderán en los objetos una representación de los estereotipos propios, identificadores del grupo. El caso más obvio es lo ocurrido en una gran variedad de destinos con la artesanía del barro, donde es fácilmente apreciable una total separación de sus usos tradicionales, empequeñecimiento hasta los extremos, eliminación de etapas en el proceso de elaboración, etc. Paralelamente, y debido más al cambio cultural, a partir de las formas tradicionales se produce una artesanía recreada que reintegra lo tradicional con los elementos surgidos de la evolución del área. La ejemplificación coincide con las citadas anteriormente, añadiendo las nuevas formas de la cerámica esmaltada, pero se trata, en este caso, de objetos de alto precio y calidad que pueden influir y son, a su vez, influidos por el souvenir, en tanto que éste se comporta como una fuerza de modificación cultural al margen de los propios elementos locales, reemplazando gradualmente al elemento tradicional. Si bien el destino de esta nueva forma artesana suele ser el mercado local, se trata de un reducido grupo de compradores adinerados e intelectuales que la adquieren más por un afán coleccionista o de ostentación de un nivel social, que por su valor utilitario, perdido en el paso del tiempo y la modernización de los usos cotidianos.

Con la influencia directa de los souvenirs y destinado al mercado local menos pudiente, la artesanía popular, ya aculturada, forma parte de una reformulación de lo tradicional y lo recreado, llevando consigo, también, una reformulación cultural que estandariza y mitifica la tradición como elemento unificador a nivel archipielágico. El objeto tradicional usado llega a nivel de culto, puesto que es él la representación misma del pasado y de sus funciones tradicionales -de ahí que fueran los ya utilizados, los más >viejos=, los más valorados- y es la demanda y cotización de tales elementos reificados los que impulsan la proliferación de este tipo de artesanías.

Paradójicamente, el producto de este proceso no es ni >viejo=, ni usado, ni, estrictamente, el que originó la demanda; además, y de forma contradictoria, su funcionalidad pasa a ser meramente estética. Todo ello, además, porque sufre la presión de lo que se ha dado en llamar una forma de arteanía asimilada manifestación de la homogeneización de los cambios a nivel nacional e internacional, facilitados por la educación y la fluidez en las comunicaciones. Este último tipo de artesanía tendrá requerimientos no necesariamente presentes en las formas anteriores, en tanto que requiere el acceso tanto a nuevas herramientas y materiales como a trabajos realizados o en curso de realización (contacto con otros artesanos y artesanías) donde se puedan observar los elementos y fases constructivas del objeto suficientes para su posterior copia y adaptación cultural.


El souvenir, como producción orientada al turismo (Jafari, 1982), será pues fruto de la confluencia de elementos de la réplica artesana comercializable, la artesanía recreada y la artesanía asimilada del exterior, mostrando paralelamente su influencia sobre todas estas variantes y cumpliendo, como en parte indicamos, con cuatro requisitos indispensables: pequeño, barato, no demasiado exótico y denotando simbólicamente el área visitada (que no necesariamente de producción del mismo). La categoría estéticamente bello funciona como un reforzador para la comercialización y aceptación de estos productos entre los potenciales compradores pero, curiosamente y atendiendo a que la misma está condicionada por la cultura, cuando no se cumple se alude a la representación étnica. Con ello, los productos y/o situaciones rechazadas en la sociedad generadora son igualmente adquiridos como parte de lo exótico e, indirectamente, influyendo en su conservación o postergación cultural, además de en su consumo futuro.

En términos generales, el turista, cuando adquiere el objeto artesano como souvenir está comprando un reforzador de recuerdos y una demostración del Aestar allí@ que le diferencie del resto; esto es, de una parte, de aquellos que en el área generadora no han cumplido con el ritual de conversión a turista y, de otra, del resto de los turistas. En este sentido, el souvenir denota ciertas características definitorias de su comprador que, en general, busca lo auténtico, que no necesariamente tiene que coincidir con la materialidad forjada en el área de destino.

La autenticidad es creada individualmente, aunque semidirigida por los agentes del comercio del viaje, como un constructo (Cohen, 1988:374) contextualizado en las propias experiencias del sujeto. En ellas se entremezclan los estereotipos del estilo de vida y uso de la cultura material de los visitados con la imagen vendida de los mismos, además del anhelo de los visitantes de consumir (compartir y apropiarse simbólicamente) ese estilo de vida distinto al propio. Pero, además, así como el souvenir denota el objeto de ese consumo definitorio, la imagen -fijada a través de la fotografía o el vídeo- del proceso de elaboración es también apropiada y a través de ello el turista manifiesta posteriormente ante los otros su >conocimiento= no sólo del destino sino también del estilo de vida en el mismo. Esta transmisión de experiencias constituye la mejor promoción externa del área visitada y, generalmente, favorece -dada la transitoriedad y superficialidad de los encuentros- una perspectiva de autenticidad, cercanía al pasado del visitante, la seguridad que da la familiariedad -aunque manteniendo algún grado de atrayente exotismo- y estabilidad sin problemas.

 

 

Proceso general de cambio

 

(1)

Desaparición diseños tradicionales

º

 

(2)

Reemplazo sin complejos de formas y funcionalidad

º

 

(3)

Resurgimiento nuevos artesanos y artesanías

 

Elementos de variación

 

Elaboración

 

Normal para su uso

 

 

 

Simplificada

 

Formas y ornamentación

 

Inspiradas en la tradición y el el uso

 

Idealización de la cultura ancestral (artesanía como fenómeno identitario)

 

Adaptación sobre modelo tradicional según los gustos del turista

 

Consumo

 

Interno/externo limitado

 

º

 

Externo

 

Bien

 

Funcional

 

 

 

Estético

 

Valor

 

Simbólico local

 

 

 

Simbólico turístico

CUADRO 15.            Resumen de las variaciones principales de la artesanía por acción del desarrollo de la actividad turística.

 

De esta forma, lo prístino y primitivo del quehacer artesano es fijado y vivido como algo más que recuerdos y experiencias inmediatas, se consume como un producto no almacenable pero tampoco perecedero. Para ello, generalmente prefijado por los intermediarios, el trabajo es representado como único y expresión viva de la cultura local, dándose una transformación profunda del significado del trabajo -más que mera producción- para sus practicantes. La mercantilización de las representaciones ha traído consigo una pérdida o, al menos, cambios en las relaciones sociales asociadas a las labores productivas, de la misma forma en que el desarrollo turístico ha cambiado la significación simbólica de rituales representados para el disfrute turístico (Noronha, 1991 -Bali-; Greenwood, 1992 -España-; Simpson, 1993 -Sri Lanka-, por citar algunos). Esto lleva en muchos casos a la exageración en la escenificación de la cultura, que trata de mostrar todos sus componentes pretendidamente étnicos en un lapso temporalmente corto -el que dura la visita programada o la estancia en casos de las nuevas modalidades alojativas al estilo del turismo rural-, y a la adaptación fácil y constante tanto a los distintos grupos de turistas (según las tipologías emic) como a las evoluciones del mercado -gustos específicos sobre ambientes, colores o texturas, motivos, partes concretas (las más llamativas) de la elaboración de un determinado producto, etc.-  Nunca antes se habían visto en áreas geográficas tan diversas tantas piezas de alfarería, cestería, textiles, calados, adornos supuestamente tradicionales, elementos miniaturizados de labranza, ídolos, etc. y, tampoco nunca, a una tan amplia variedad de precios y tamaños que hacen a los productos en sí mismos atractivos. Nunca tal florecimiento en el apoyo y muestra de la artesanía y sus procesos de elaboración no sólo, y tal vez por eso, para el turista.

Tanto el trabajo como su producto pasan a considerarse por los planificadores como Arecurso natural@ o como una mercancía sui generis (Greenwood, 1992: 259-60) pero, en la mayoría de los casos y aunque sea innegable una alteración de la cultura, no podemos considerar que se esté explotando la cultura local. Y ello en tanto que los actores están recibiendo una serie de emolumentos, bien directos bien a través de las ventas de sus productos, por la representación. No cabe duda que estamos asistiendo a un proceso ya establecido de comercialización de la cultura, que es adornada, clasificada y vendida por un precio variable según una amplia tipología de consumidores. En este sentido, afirmar que los operadores y gestores del turismo han encontrado un señuelo en esta mercancía que les ayuda a competir en un mercado, no es ninguna exageración.

Siguiendo a Greenwood (1992), las formas y valores implícitos, tras una suerte de intermediación y adaptación, pasan a mostrarse explícitos perdiendo su eficacia social anterior. La transformación, o cultura transicional, a la que más arriba hacíamos referencia, puede convertirse en una trampa para la cultura local al despojarse de significación y dejar a la estructura social sin un soporte organizativo propio.

 



[1]           Puede encontrarse información detallada por áreas geográficas e impactos en los descriptores de la bibliografía  de este texto.

[2]           Citado por Mathieson y Wall, 1986:133.

[3]           La mera señal de los turistas y sus comportamientos pueden inducir a cambios comportamentales sobre la parte de los residentes permanentes.

[4]           Según Young (1973:111), existe un nivel de saturación para el turismo, sobre una localidad dada, y si ese nivel es excedido los costos del turismo comienzan a superar a los beneficios. Esto es, el turismo empieza a considerarse, al menos, como poco deseable.

[5]           Aplicación al fenómeno turístico del desarrollado por Bjouklund y Philbrick (1972 y 1975) para analizar los procesos que tienen lugar cuando dos o más grupos culturales interactúan.

[6]           D'Amore (1983:144, cf Murphy, 1984:134), define la superación de la capacidad de sustentación para el turismo como el punto en el crecimiento del turismo donde los residentes locales perciben niveles inaceptables de prejuicios sociales provenientes del desarrollo del turismo.

[7]           Los cambios que sobre la cultura provoca el desarrollo de la actividad turística son los que, desde la década de los setenta, hacen acercarse  a los antropólogos a este nuevo ámbito de investigación. Así en 1974 se celebra el primer simposio de antropología y turismo en México, del cual surge el texto recopilatorio AHost and Guest@.

 

[8]           Salvo casos anecdóticos, como el que destacan Turner y Ash (1972), cuando en una celebración en Nueva Guinea un grupo de guerreros ataco a la audiencia al sentirse ofendidos porque no habían pagado primero.

 

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©Agustín Santana Talavera

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