Antropología del Turismo.

Textos explicativos

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Ejemplificación de los impactos socioeconómico y sociocultural.  

Del libro: Antropología y turismo ¿Nuevas hordas, viejas culturas?. Autor: Agustín Santana. Editorial Ariel. Barcelona. 1997. Páginas: 104-114.

Como ejemplificación de los efectos del sistema turístico sobre las poblaciones de destino, y de la ya expresada dificultad de destacar un impacto de cualquier tipo sobre el resto de forma ajena a la realidad, presentamos aquí una breve aproximación a tales efectos en el Municipio de Mogán en Gran Canaria  (Islas Canarias - España)[1], en el que se muestra el modelo básico de cambio, encuentro y adaptación que, con ciertas modificaciones contextuales, se repite en otros entornos del Archipiélago. Tratándose de un municipio cuya principal fuente de riqueza es la actividad turística y donde un porcentaje elevado de su población activa desempeña sus labores en el sector servicios, no es de extrañar que su población real quede muy lejos de los datos poblacionales (población de hecho y de derecho) obtenidos a través de las hojas censales o estadísticas elaboradas sobre ellas. Tal es así que se ofertan en torno a las 100.000 camas hoteleras, con una población de derecho censada de 7.932 personas frente a 16.295 de hecho en 1986, ascendiendo la población de derecho a 10.208 en 1990. Fenómeno este que se acompaña por un importante desarrollo de la residencia secundaria.

 

Los grupos domésticos y el empleo.

Para el análisis de los grupos domésticos y sus diferentes adaptaciones, partimos de una selección basada en aquellas unidades que contaban, al menos, con un pescador entre sus miembros, en tanto que ésta era la principal actividad económica del municipio hasta la irrupción del turismo. Así pues, la unidad doméstica toma entre los pescadores del municipio (y en general entre todos los del Archipiélago dedicados a la pesca artesanal) la forma de una unidad económica global basada en la relación estructural de parentesco, con una dimensión de residencia y de consumo, dando origen a una o varias unidades de producción, en tanto que incluye las actividades económicas que realiza cada uno de los miembros de ese grupo residencial, combinando la fuerza de trabajo y el capital logrado en las actividades desarrolladas (CUADRO 16). Tal combina­ción asegurará su reproducción, pero también condicionará sus niveles de inversión, ahorro y consumo.

Hasta 1983, las unidades domésticas contaban con un número de miembros que generalmente estaba equilibrado con el número óptimo que podían mantener, resaltando la importancia tanto del número de aquellos en edad activa como del grupo conyugal progenitor para superar las etapas críticas de separación o constitución de nuevas unidades domésticas. La casa paterna se constituye como centro estructural ya no sólo a niveles de socialización y vida social, sino además como seguridad individual (siempre que viniese respaldada por la propiedad del barco y/o artes de pesca). Los cambios del grupo doméstico se dan en la línea de una ruptura tanto en lo que respecta a la casa del padre como centro de reunión de los hermanos/as y sus consor­tes, como en lo tocante a las relaciones cara a cara (respeto y mutua asistencia) dentro y fuera del grupo, que en la actualidad, salvo servicios colectivos de >obligado= cumplimiento (funerales, etc.), rara vez se cumplen.


Tradicionalmente, las unidades domésticas han utilizado estrategias diversas tendentes a la maximización de ingresos a partir de empleos alternativos fuera del sector pesquero. Ello lo podemos apreciar observando el comportamiento seguido en el período 1930-1960, donde se da un fuerte impulso a la agricultura y, con él, se demanda fuerza de trabajo. Las primeras en acudir fueron las mujeres que antes se dedicaban a trabajos complementarios a la pesca (reparación de artes y venta del pescado, principal­mente), pero seguidamente los pescadores dejaron la mar y se >contrataron= también, manteniendo la pesca como forma de obtención de la comida diaria. Pasados estos años, con el declinar de los negocios agrícolas y tras una breve vuelta a la pesca, se produce una nueva demanda de mano de obra, esta vez proveniente del sector de la construcción, en el municipio lindante (San Bartolomé de Tirajana) que iniciaba su desarrollo turístico. En ese momento son los más jóvenes los que abandonan la pesca y/o la agricultura por esta fuente de ingresos segura (reduc­ción de la incertidumbre creada por la estacionalidad y escaso control sobre los cardúmenes de túnidos) y menos sacrifi­cada. En la misma época, casi de forma paralela en el tiempo, comienza el cultivo de la beren­jena en zonas agrícolas cercanas. Las mujeres, de nuevo, forman la mano de obra que desbroza, siembra, limpia y recolecta el fruto, ayudadas sólo ocasionalmente por los hombres de la casa.

Más tarde, ya en la década de los ochenta, la construcción hotelera y la puesta en funcionamiento de nuevos complejos turísticos en el territorio municipal, lleva o casi fuerza a un cambio masivo de dedicación laboral de la población activa como forma de rápida adaptación a la estructura de oportunidades que ofrece el entorno económico. Tal variación pudo apreciarse tanto en el incremento de la fuerza de trabajo dependiente del sector hostelero, que correspondería con el empleo directamente creado por el desembolso de los visitantes en su alojamiento, como en aquellos puestos de trabajo creados indirectamente y de forma imprescindible, como son la construcción (empleo indirecto) y, cómo no, el comercio (empleo inducido). De esta forma, a partir del número y tipo de empleos creados en el municipio para los años 1981, 1986 y 1990, observamos una propor­ción relativamente similar entre ellos, esto es, por cada cuatro puestos de trabajo generados como empleo directo obtendremos uno inducido, siendo más baja la proporción generada de empleo indirecto, por cada cinco directos uno de este último.

 

Ante la necesidad imperiosa de mano de obra, y lo escaso de la misma en el municipio hicieron, en principio, que se ofertaran contratos en condiciones muy favorables y sueldos considerados como altos. Ello produjo una atracción paulatina que afectó, en primer lugar, a los jóvenes varones que aún no estaban totalmente inte­grados en el proceso de pesca y que no disponían (ellos o sus padres) de medios de producción; paralelamente, las mujeres jóvenes abandonan el trabajo en la tierra o ayuda en las labores de comercialización, según el caso, ocupando contratos estacionales en el sector servicios. Cuando aún con ellos se siguieron ofertando puestos de trabajo, otros varones hasta entonces integrados plenamente en la pesca, fueron abandonando paulatinamente el sector e incorporándose también a esas nuevas ocupaciones[2]. La temporalidad limitada de estas labores fue consolidándose por parte de las empresas que, previendo el índice de ocupación de cada temporada futura y la necesidad de fuerza de trabajo, iban haciendo nuevos contratos (no renovando) a los mismos trabajadores, con lo que, paradójicamente, sin llegar a ser fijos en las plantillas de esas empresas, tenían siempre trabajo (durante todo el año) en un sector menos >duro= y, todavía por entonces, de menor incertidumbre.


La fuerza de trabajo que pudieron ofrecer nuestras unidades de estudio mayoritariamente fue de individuos menores de 35 años y con niveles de estudios que no sobrepasaban, salvo raras excepciones, la E.G.B. Este bajo nivel educacional limita a estos individuos para la ocupación de puestos cualificados, pasando a formar parte de lo que Mario Gaviria (1974) llamó Abraceros del turismo@ (limpiadoras, camareros, peones, freganchines, etc.), caracteri­zados por la falta de preparación profesional y la marginalidad estructural de los trabajos llevados a cabo, propios de núcleos turísticos en su primera fase de desarrollo, pero capaces de aprender y de prestarse a la sobre-explotación. Para llegar a estos empleos, frente a la organización formal de agencias de contratación, la población siguió las ­estrategias de ayuda mutua tradicionales, consistentes en entablar conversaciones con algunos amigos, parientes o vecinos ya situados en la empresa turística (sin importar el rango en la misma o condición de ocupación), utilizando para ello contactos que localizaban el empleo en cuestión, distinguiéndose en esto según sexo.

Tratando de caracterizarlos, podemos ver como los hombres comienzan siempre, a través del círculo de conocidos, por aquellas labores donde los saberes adquiridos en la dedicación original sean aprovechables (por ejemplo, el que desempeñaba la labor de motorista en el barco tenderá a puestos de servicio técnico, mientras que el marinero desearía seguirlo siendo en un barco turístico). Si esta búsqueda falla, entonces dejarán la mar, orientándose hacia labores afines individualmente. Así por ejemplo, algunos desprecian el trabajo de bar o cocina, mientras que otros lo prefieren a la construcción por ser más estable.

Las mujeres, en cambio, ven el círculo de posibilidades mucho más reducido, en tanto que sólo pueden procurarse empleo bien en los comercios bien, mayoritariamente, como limpiadoras (llamadas también camareras). Su trabajo consiste en limpiar diariamente no sólo un alto número de apartamentos, indicado previamente por la empresa, sino además en mantener en condiciones agradables a la vista del turista el recinto hotelero, añadiéndose a ello las Asalidas@; esto es, limpieza y desinfección a fondo cuando los apartamentos o habitaciones cambian de huésped. Estas labores son siempre supervisadas por una >encargada= o >gobernanta=  que, generalmente, no es originaria del municipio y se mantiene siempre separada (sin relaciones de amistad) con el personal a su cargo, supuestamente para evitar connivencias y excesos de confianza, asegurando el rendimiento de las contratadas, que pueden ser despedidas si no desarrollan aceptablemente su cometido.

Para ambos, tanto hombres como mujeres, la eventuali­dad y marginalidad de los empleos, además de la fuerte competencia por conseguirlos y mantenerlos que se ha dado en los últimos años frente a los llegados de fuera, ha terminado de caracterizar a estos trabajadores por el bajo nivel reivindicativo y, a costa de ello, el fomento de la inestabilidad antes que la preocupación por la profesionalización.

En términos generales podemos resumir en tres puntos las consecuencias más inmediatas y directas que este tipo de empleo ha generado, esto es: sobre la composición familiar, los ritmos de vida y la estratificación social.

Los efectos sobre la composición familiar, se han hecho notar en el paso de la familia extensa originaria, de al menos tres generaciones que convi­ven en el mismo hogar, a un nuevo modelo intermedio entre ésta y la familia nuclear, reduciendo además considerablemente el número de hijos. Se da en este caso una forma de adaptación que parte del aumento de ingresos, de manera que los jóvenes casados se pueden separar de padres y hermanos construyendo una nueva casa o adquiriendo alguna en las afueras del pueblo (donde la tierra es más barata). Al estar ocupados ambos cónyuges práctica­mente durante todo el día, se mantiene una relación de dependencia de la generación anterior (generalmente la paterna), encargándose ésta de la atención de los vástagos y del cuidado del nuevo hogar. De esta forma, nos encontramos con que la nueva pareja forma una familia nuclear sólo aparente y artificialmente indepen­diente de la casa paterna.


Se desprende además de nuestro análisis una importante variación de los ritmos de la vida social, en tanto que han de ajustarse a unos horarios formales de trabajo que ya no son marcados por factores del medio sino por las condiciones de contrato y la dinámica formal de las empresas. Ello cambia la división diaria del tiempo entre trabajo y ocio para los empleados en la nueva industria, afectando a la vida familiar de aquellas unidades domésticas que complementan el sector artesanal con el industrial, al no ser compatible en muchas ocasiones las jornadas laborales de sus miembros.

Por último, se observan los efectos del nuevo empleo sobre la estratificación social en tanto en cuanto el proceso descrito ha llevado a una alteración artificial en la misma dentro de las unidades de estudio, provocando una movilidad social más rápida que la acostumbrada y siendo ésta más inestable que la producida por el sector pesquero, dada la dependencia de las fluctuaciones del turismo internacional y de las tendencias en la planificación de empleo de las empresas que atienden dicha demanda. Ello se hace patente si tenemos en cuenta que hasta la llegada del turismo de masas, la estratifi­cación social estaba basada en el control de los medios de produc­ción -generalmente navales-, el conocimiento del medio y el prestigio adquirido ante el resto de la comunidad. Hoy, otros factores intervinientes dejan aquellos como >tradición= o >recuerdo=. Los medios de producción han pasado a ser bienes muebles o inmuebles (proliferación de negocios familiares, sobre todo alquiler de habitaciones), el conocimiento del medio es menospre­ciado por los jóvenes y sustituido por el conocimiento de alguna profesión (no necesariamente titulado) como albañil o ayu­dante de cocina y, por último, al verse modificados los medios de control social, el prestigio pierde su sentido y es sustituido por la posesión de bienes y lo generoso o no que seas con tus vecinos.

Una consecuencia directa de tales cambios en el nivel de la valoración social, añadidos a la ostentación (consciente o inconsciente) que hacen tanto los visitantes ociosos como el resto de los Allegados de fuera@, podemos verla en como la inversión se ha desviado de sus cánones originales, homogeneizándose con el resto de la sociedad urbana del Archipiélago. Esto es, pocos son los que en los últimos años han destinado sus beneficios o ahorros a la mejora o compra de medios de producción tradicionales. Antes bien, las nuevas inversiones han sido dirigidas a bienes muebles (electrodo­mésticos, menaje, bien vestir, ...), de ostentación, e incluso algunos, empeñando modestos capitales en pequeños negocios con supuestos beneficios a corto plazo.

En este último caso, que va desde tiendas de souvenirs hasta habitaciones o pseudoapartamentos, podemos señalar como se copian los modelos no sólo de comportamiento sino también de gasto de los turistas y los >cultural brokers=, en un intento por participar modestamente de la industria hostelera, y ello es además importante en tanto que cuando un propietario alquila una casa, o parte de ella, o explota en propiedad un negocio está controlando un medio de producción que deviene en importantes ingresos a la unidad doméstica, sustituyendo en algunos casos a los medios de producción tradicionales que pueden llegar a ser enajenados.


Para esta mínima intervención en la empresa turística parten de una acumulación de capital proveniente de créditos bancarios, la combinación conveniente y acertada de estrategias productivas de rentabilidad alta en el sector pesquero o el trabajo anterior de algún miembro de la unidad doméstica en la hostelería/construcción, pudiendo darse el caso de que se utilicen conjuntamente varias de estas vías de acumulación. Un segundo paso implica bien la habilitación de una segunda planta o de parte de la casa familiar para el alquiler a turistas o trabajadores foráneos, prefiriéndose a los primeros, bien preparar parte de la casa, si ésta se encuentra medianamente bien situada en el pueblo, para instalar un comercio que suele combinar artículos para el turismo (souvenirs, artículos de playa, etc.) con perfumería, ropa, revistas, etc. Si el resultado de esta experiencia es satisfactorio, tratarán de acumular más capital con el objeto de ampliar el negocio (hospedaje o bazar), utilizando esta vez para ello los beneficios obtenidos y/o el crédito bancario, abriendo una casa de hospedaje ya separada de la casa familiar, como bien se muestra en el aumento de pensiones (o pseudo-apartamentos), que pasa de 3 en 1981 a 16 en 1987, en sólo uno de los núcleos costeros.

En suma, nos encontramos con que la mayoría se muestran siempre favorecidos, aunque ellos mismos reconozcan que de forma cada vez más incierta, por el auge que ha tomado la actividad turística en el munici­pio. De manera contradictoria con esta idea de incertidumbre laboral, los beneficios obtenidos de la nueva economía dual rara vez han sido invertidos en el sector artesanal, antes bien, se ha desarrollado una fuerte tendencia consumista y sólo en casos excepcionales se constituyen en propietarios de medios de producción. El antedicho aumento del consumo y abandono progresivo de las actividades productivas artesanales, paralelo al crecimiento en el número de visitantes y de empleos en la empresa turística y sus asociadas, es un indicador más del poderoso efecto demostración que procurando un nivel de vida más alto, hace a la población de nuestras unidades de estudio más y más dependientes cada vez de factores limitantes no controlados por ella y modifica hasta cierto punto, al crear nuevas élites basadas en el turismo, el control político local.

Los trabajadores foráneos residentes (que representaban en torno al 25% de la población de derecho en 1990) se concentran en las edades de máximo rendimiento laboral y en pocas profesiones (hostelería y construcción), y en términos generales no suelen integrarse con la población local hasta pasado un largo periodo de tiempo (no inferior a los cinco años). Son vistos por los habitantes de las distintas comunidades estudiadas como un grupo de >outsiders= que compiten por el poder y por ocupar empleos teóricamente destinados a vecinos o parientes. Ni tan siquiera la cercanía laboral une a estos grupos claramente diferenciados que, como afirma Gaviria (1978:60), Acoexisten pero no conviven@ en una serie de contactos intermiten­tes y reducidos exclusivamente al utilitarismo de ambas partes, en tanto que sólo cooperan ante la presencia de actores que no asuman las reglas del juego (por ejemplo, frente a los extranjeros que trabajan ilegalmente). Sirva una cita que expresa claramente el sentimiento de un amplio grupo de población:

AA mi no me importa que vengan y trabajen, cuando hace falta (...) Lo malo es que después se quedan@.

 

Encuentros y estereotipos.

En una situación tal, )cómo serán los encuentros con los turistas y cuáles las relaciones mantenidas? El turista, que en número supera con creces a la población local en cualquier época del año, es intercambiable como individuo y, en la impersonalidad y transitoriedad de la relación, es contemplado, en último término, como mercancía. Esto es, una relación que es ya parte de la vida cotidiana y se basa en aspectos económicos.


Los encuentros en situaciones laborales, en la empresa turística, serán pues los >más intensos=, pero vendrán siempre marcados por un juego de estereotipos que dirigen los comportamientos y actitudes. Es necesario distinguir las diferentes dedicaciones internas. Por ejemplo, en la categoría de limpiadores y otra clase de personal no cualificado el contacto con el turista es mínimo; éste es visto como una Aclase superior@ que posee la posibilidad de dedicar una parte de su tiempo y dinero a la vacación. El respeto, casi sumisión, y la eficacia en el trabajo son los cánones con los que se miden las posibilidades de permanencia en el puesto de trabajo. En capas laborales directamente superiores, tales como recepcionistas y camareros de bar, aumenta el contacto con el turista pero no por ello varían las relaciones. La diferencia es que las experiencias vividas como desiguales les justifican, una vez percibidas las debilidades del turista, su explotación económica, social y, en ocasiones, su uso sexual.  Por último, los cargos medios, en su mayoría personal supuestamente calificado, suelen mantenerse claramente distanciados del resto y realizan sus actividades hacia el interior de su oficinas (técnicos) o en forma directa con el turista.

Para entender esta situación tal vez sea conveniente recurrir al pasado. Las relaciones laborales en un contexto agrícola‑pesquero anterior al desarrollo turístico eran como una pirámide en cuya cúspide estaba el terrateniente o propietario de las empresas de manufacturado de la pesca. Sus lugartenientes y capataces eran los que mantenían una relación directa con los trabajadores mientras que Ael amo@ sólo aparecía como expendedor de dádivas y solucionador de problemas, casi siempre financieros. Pero a pesar de eso estaba ahí; era real.  El modelo fue inicialmente exportado a la nueva industria del ocio. Sin embargo, con el desarrollo y consolidación de Canarias como destino del turismo europeo, las empresas de propiedad local poco a poco han sido traspasadas a manos de multinacionales del sector, con lo cual la pirámide ha quedado truncada en su vértice. El patrón, Ael amo@, dejó de ser alguien conocido para pasar a ser un difuso Consejo de Administración, inflexible a los problemas de la base.

En esta situación, las personas que ocupan cargos medios, normalmente personal cualificado que fue traído exprofeso y que no tiene ninguna vinculación con las población local, son equiparados a aquellos lugartenientes‑mediadores, sólo que en esta ocasión únicamente favorecen a los líderes y a las élites. El resquemor hacia Ael amo@ se refleja en ellos y, a su vez ven impotentes la imagen del Aamo@ en el turista y entre sus competidores de clase laboral.  Todo ello fue amparado, nuevamente, por la transitoriedad de los encuentros (la individualidad desaparece frente al estereotipo), por la restricción de los mismos a espacios concretos y por la comparación frecuente entre el ocio y el consumo de unos frente al trabajo de los otros.

Un tipo de encuentro laboral diferente, en tanto que en él se hace más evidente el uso de estereotipos, lo observamos en las sitaciones de trabajo relacionadas con la pesca recreativa y los guías turísticos. En el primero de los casos, antiguos pescadores invirtieron las ganancias de su unidad doméstica en yates o barcos de pesca que luego remodelaron para utilizarlos en la pesca recreativa. Este tipo de actividad suele ser prohibitiva para el turismo medio dado su precio diario (unas 35.000 Ptas.). Así, los barcos dedicados a este turismo de élite están dotados de interiores cómodos y lujosos, potentes motores y todo el equipamiento necesario para la pesca. Sus visitantes suelen ser captados por agencias de viaje, normalmente en el extranjero, y suelen repetir la experiencia una o dos veces por año.  Los clientes rara vez saben pescar o quizás lo han hecho en pocas ocasiones. Sin embargo, las tripulaciones, aunque solícitas en sus labores, actúan como si éstos fueran pescadores consagrados. A todo ello contribuyen los estereotipos con que son instruídos tanto unos como otros, ya sea por el patrón, ya sea por el individuo encargado de contratar el período de pesca.

En este caso, los estereotipos se muestran específicos, marcan claramente la conducta de ambas partes, y apenas se modifican con la experiencia, pues para el marinero los estereotipos creados sobre ese turismo de élite vienen prefijados por el empresario y deben cumplirse obligatoriamente: ACuando tú llegas te dicen más o menos qué tienes que hacer con los turistas (...) Ellos siempre tienen razón y si te dicen que el pescado es así o de otra forma tú siempre les das la razón (...) aunque ya estén borrachos como cubas@.


La forma de categorización aquí empleada aparece menos variada pero tiene una naturaleza mucho más compleja y diferente, de manera que si antes eran el comportamiento y la imagen del turista los factores de catalogación, ahora lo son la ostentación de su nivel económico y la educación (Aque se olvida después de la segunda botella@). Estos factores no sólo se aplican por nacionalidad sino también por las características propias del grupo: ALos americanos (no genérico) a veces vienen todos los años y alquilan el barco por una semana o un mes (...) y como ya te conocen, aunque tú no hayas estado en el barco cuando vinieron, como conocen al patrón te confunden con cualquier otro v tú como si nada le sigues la corriente, como si lo conocieras de toda la vida (...). Esos llegan hasta el muelle con cochazos con chofér y siempre con chicas buenísimas que hablan bien inglés (...). Pero hay otros americanos (genérico) que llegan como reyes y te tratan al trancazo y son más agarrados@.

Por otra parte, el idioma se muestra aquí ‑donde existe un mayor contacto cliente/trabajador‑ más importante, pero sigue existiendo una comunicación únicamente gestual o, en contadas ocasiones, por medio del patrón, lo cual parece conveniente para mantener una relación comercial empresa‑cliente sin perder una moderada familiaridad artificial.  Así las cosas, se aprecia claramente que ni en ocasiones como ésta, en las que se da una proximidad física entre locales y turistas en un espacio muy limitado, la relación pasa de un contacto mínimo. E1 turista es tratado como el elemento mercadeable y propagandístico de este tipo de negocios y el marinero, como el tipismo personificado (amable, servicial y sonriente). La distinción ocio‑trabajador: AEllos están de turistas y nosotros estamos trabajando@.

Otra relación de encuentro laboral se observa en el caso de los guías turísticos, (isla de Tenerife) quienes al jugar un papel dominante en la transmisión de información anfitrión/visitante, podrían motivar el intercambio cultural y las experiencias auténticas. Pero el propio carácter lucrativo de las agencias de viaje (que imponen tanto los itinerarios y las formas concretas de vender la imagen como los estereotipos a aplicar) y los propios intereses, conocimientos y estereotipos de carácter general de los guías convierten a éstos en profesionales de la intermediación cultural adulterada.  El discurso de los guías suele estar limitado y condicionado. Muestran un cuadro parcial subscripto a los requerimientos del mercado, y a su vez aleccionan a los locales de los centros a visitar (restaurantes, artesanías, museos...) con respecto al comportamiento que deben mostrar, lo cual ayuda a la configuración del trabajo‑espectáculo.  En esta ocasión convergen los comportamientos fenotípico y genotípico; aún en ausencia de los turistas, éstos se han convertido ya no sólo en tema de conversación sino también de preocupación, administración y copia. Es decir que se asiste a un proceso de aculturación en el que con el tiempo se diluye la distancia entre ambas partes, tal vez tendiendo a la teórica hegemonía cultural, que ya ha comenzado a manifestarse en los individuos directamente beneficiados por el sector. 

En términos generales, los locales comparan el trabajo en la empresa turística con las labores agrícola‑pesqueras realizadas tradicionalmente. El trabajo en ella es considerado Alimpio@ y con Abuen salario@ frente a lo Asucio@ e Ainseguro@ salarialmente del trabajo tradicional. De igual forma, las mujeres que en un entorno de economía sumergida planchan y lavan ropa o elaboran diversos productos para empresas de la actividad destacan Alos beneficios de estar trabajando en casa@ al no poder trabajar, sobre todo por la edad, como limpiadores de hotel o apartamentos.  Prácticamente en ninguna de las entrevistas realizadas se mencionó el problema, manifiesto en conversaciones informales, relacionado con la obligación de adaptarse a horarios empresariales fijos, de efectuar retenciones y declaraciones de impuestos o Adeber favores@ por haber conseguido puestos de trabajo a través de las redes sociales y familiares. Es en estos niveles donde el local establece los roles a mantener frente a los extraños y frente a las distintas cotas intra‑empresariales. Es aquí donde se realizan las mayores diferencias y categorizaciones a partir de las propias expectativas, las actividades realizadas por los otros, el comportamiento y la generosidad mostrada, el tipo y tiempo de visita, etc.


Con respecto al factor aprendizaje, los locales toman, por una parte, elementos no específicos fundamentados en la nacionalidad y el grupo étnico del turista y, por otra, las experiencias vividas por otros locales. Pero son la observación y la experiencia propia las que en mayor o menor medida adaptan estas categorizaciones a los nuevos modelos de la industria turística y, por ello, las vuelven temporalmente mutables. En lugares como Canarias, donde los contactos con los turistas son casi permanentes (al desaparecer la estacionalidad), cuando los estereotipos se muestran efectivos, cambian las normas, valores y estándares de los anfitriones. Estos nuevos valores son transmitidos a las siguientes generaciones (lo que Mathieson y Wall (1986) han denominado comportamiento genotípico).  El desarrollo turístico y la concentración demográfica han convertido las buenas relaciones entre vecinos, las charlas en las aceras y otras áreas de uso público, la reciprocidad, la ayuda mutua y las obligaciones con los parientes, tradicionales en las áreas no urbanas del archipiélago, en un tipo de interacciones casi vertical. En los individuos socializados en este nuevo ambiente se denotan comportamientos de tipo urbano caracterizados por la indiferencia hacia el vecino y el esfuerzo encaminado a ascender en la escala social.

Con todo, y generalizando, la imagen vendida del destino Islas Canarias da una valoración fundamentalmente estética y oculta tales contradicciones y tensiones sociales, al ofrecer una aparente Aarmonía tropical@, más cercana y segura. Actualmente incluye dentro de sus rasgos publicitables, además de su cálido clima y su endemismo, la bondad de sus gentes y el tipismo ancestral de su cultura.  Todo esto contribuye a crear el escenario y el espectáculo que, como tal, es continua e individualmente repetible a través del juego ‑también creado‑ de estereotipos.

 

 



[1]           El contenido de este apartado fue presentado como comunicación en el Congreso Internacional: La Periferia Atlántica de Europa, celebrado en Santiago de Compostela (España) en junio de 1992.

[2]           De esta forma podemos afirmar que el municipio procura fuerza de trabajo (casi siempre desde algún sector artesanal) y la reproducción de la misma al sector capitalista y, además, éste, a través de los salarios, procura unos ingresos que tienen por función última la reproducción de la unidad doméstica y su ascensión en la escala social. Tanto es así, que hemos podido observar como este tipo de trabajo es parte de una estrategia o forma de acumulación de capital destinado a formar un nuevo hogar, siendo las mujeres y hombres solteros los que mayoritariamente emprendían la aventura, además, por supuesto, de una ayuda para la casa paterna.

 

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©Agustín Santana Talavera

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