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El texto que sigue
es traducción de "O rural como produto turístico: algo de
novo brilha sob o sol?" de Agustín Santana. Publicado en el
libro Olhares contemporâneos sobre o turismo, por Célia
Serrano, Heloisa Turini Bruhns y Mª Tereza D.P. Luchiari (Orgs.).
Editorial Papirus.Campinas. Brasil. 2000. Páginas: 151-170.
LO
RURAL COMO PRODUCTO TURÍSTICO
¿ALGO
NUEVO BRILLA BAJO EL SOL?
Regiones olvidadas, espacios aquejados de males endémicos e
inducidos, como el desconocimiento y las carencias de aquellos
elementos indispensables para una mínima calidad de vida, son hoy por
hoy reconducidos a un mundo de bienaventuranzas virtuales. En las décadas
de fin de siglo, la abstracción de pueblos y culturas integralmente
alejadas del consumidor occidental entra en sus hogares y sus mentes.
Una nueva visión de aquellos, una renovada dimensión de los
‘otros’ que invita a retomar la idea evolucionista de los orígenes
y la romántica del buen pasado, invade los discursos, incita a su
consumo y anima expectativas de viaje limitadamente
intercultural.
Pero ¿realmente existen? La macro-economía y las políticas
regionales han dibujado un planeta en mapas de colores más o menos
ensombrecidos o vivos según un sinfín de variables dicotómicas,
elementos del conjunto que se contraponen en aras a la claridad
expositiva y a la facilidad comprensiva de los apabullados oyentes. La
riqueza y la pobreza, el centro y la periferia, la conservación y el
desastre ecológico, conviven con la disparidad Norte - Sur. Algunos
de esos colores –representación hiper-real de países y
nacionalidades–, al son de la necesidad local y las premuras del
dinero global, se han vuelto hacia el turismo entendiéndolo como la
varita mágica del desarrollo. Creo que no es menos que paradójico
que una fuerza económica y cultural exógena (Lanfant, 1995) como es
la llegada de visitantes extranjeros se torne en valor endógeno –la
producción de bienes y servicios– para, al menos sobre el papel,
solventar las carencias de cientos de poblaciones apenas recordadas.
En una suerte de retrospección histérica e histórica (Boudrillard,
1993:23), la promoción turística abunda en el proceso de
estructuración de su mercado a escala global, implicando a un
importante número de organizaciones gubernamentales y no
gubernamentales que tienen por objetivo fundamental la mejora de las
condiciones de vida indígenas. En esta lógica, bajo la atenta mirada
del occidente desarrollado –y un tanto aburrido–, un producto, el
turismo rural –oecoturismo–, es hoy contemplado como una
herramienta estratégica en la conservación medioambiental y la
preservación de las culturas locales, regenerando selvas, páramos e
identidades. En su globalidad, el turismo se constituye como un
sistema que abarca diversos procesos de interacción en los que se
encuentran involucrados un amplio espectro de agentes (población
local, potenciales turistas, turistas, trabajadores foráneos,
empresas, macro empresas,...) y un no menos amplio abanico de espacios
(unos vistos como naturales y otros como artificiales o creados por el
hombre, según los intereses del momento).
En un escorzo dantesco el sistema turístico ha combinado
brillantemente sus productos para que sean adaptables a cualquier
situación y momento histórico, y muchas regiones han comprometido
seriamente sus recursos a un mercado, que aún pudiendo ser tachado de
incierto y fluctuante, salvo en contados casos de conflictos y riesgos
de violencia para la vida de los usuarios –los turistas–, se ha
mostrado como el único con un crecimiento globalmente constante desde
la década de el final de la Gran Guerra europea. Algunas de tales
regiones han sido sonreídas por el juego de malabares de las modas,
demandas, expectativas e ilusiones, situándose en el ojo del huracán
para ser visitadas, recorridas, fotografiadas, consumidas y, si todo
va bien, gratamente recordadas. Una vez que esto ha sido conseguido,
el sistema turístico se convierte en el filtro a través del cual se
sopesan decisiones políticas, económicas y sociales, afectando
directa o indirectamente a todos los residentes de aquellas.
Un
producto en su contexto
Tal y como hoy lo conocemos, la actividad turística es deudora
de una serie de circunstancias determinantes, tales como el momento de
auge económico y refuerzo de las identidades europeas y
norteamericana vivido en la década de los cincuenta. La liberación
temporal del individuo del frenético ritmo de las cadenas de montaje
y la industrialización, se realizó con la popularización del viaje,
de los ocios vacacionales con mucho sol, arena y diversión, sobre
unos destinos reservados hasta entonces para el deleite de las élites
sociales y económicas. En origen, tanto balnearios como áreas
recreacionales de costa, fueron abiertas a un público-cliente cada
vez más amplio y, con el paso de los años y la obsolescencia de los
primeros, se construyó para ellos el producto sol y playa,
genio y grandeza de los destinos que dispusieron para sus potenciales
visitantes de algo de familiaridad, seguridad, comodidades, un clima
benigno y aguas más o menos cálidas para enjuague de cuerpos y
mentes o, en su defecto y para una minoría, muestras de un glorioso
pasado visitable y, simbólicamente, apropiable.
Lo que se denominó turismo de masas y charter, recorrió y
recorre el mundo tras algunos aventureros –élites y marginales con
tiempo y algo de capital– consolidándose como un gran producto,
negocio para algunos, empleo para muchos otros y notables cambios para
la mayoría de los residentes en las áreas de destino, con la
capacidad lograda de ser renovable y, pese a las críticas de muchos,
altamente demandado. Sin embargo, por efecto de esa exigencia, los
destinos turísticos de masas o masa incipiente (utilizando los términos
de V. Smith, 1977), fueron añadiendo ingredientes que, sin preverlo
ni temerlo, consiguieron hacer de muchos de ellos una fantasía
monocolor, homogénea con otras muchas. Pequeños retazos de
originalidad medioambiental, alguna que otra danza o ritual festivo,
un toque monumental y grandes cifras, ocultaron durante años la alta
competitividad existente en un mundo cada vez más estrecho, en virtud
de la facilidad de desplazamiento y similaridad de ideas.
Fruto de aquella competitividad, que no ha disminuido con los años,
se inicia la búsqueda y desarrollo de nuevos y diferenciados
productos turísticos que pudieran ser aceptados por la fuerte demanda
de ocio occidental. Tales productos debían poseer la cualidad específica
de ser ofertados —aparentemente— a una minoría (el tan nombrado turismo
de calidad), ser económicamente viables, además de que en su
presentación no pesaran los profundos efectos causados por los
anteriores productos que saturaban el mercado. Este proceso, enmarcado
históricamente a finales de los años ochenta e inicios de la
siguiente década, coincide con un momento de preocupación y crisis
medioambiental, económica e ideológica, que impulsa a muchos en un
movimiento colectivo hacia la huida imperiosa de las muchedumbres, de
los entornos urbanos. Y no por menos nombrado menos importante,
concurre también con un proceso de envejecimiento poblacional de las
áreas rurales de los países generadores de turistas.
En un acto de reconciliación del sistema y sus usuarios, se
asevera el ansia de experimentar el contacto con la naturaleza, la
tradición y el pasado perdido, reforzando la idea existencial de la
individualidad y la conciencia de unos ‘otros’
—llámense campesinos o indígenas— a los que se les supone
al borde de la desaparición, y la concienciación de un medio
ambiente que ‘hay que conservar a toda costa’, de lo ‘verde’,
el ‘reciclaje’ y el ‘desarrollo sostenible’ de esos ‘otros’.
En los países del económicamente solvente Norte, el ámbito
rural no sólo había quedado al margen de los esfuerzos de desarrollo
sino que además fue severamente afectado por aquella globalización.
Esto es, la industrialización y expansión turística, junto a la
alta competencia en precios por los productos agrícolas y, lo que
entonces se consideró baja calidad de vida, habían castigado a estas
áreas con la emigración de sus moradores hacia otros lugares
favorecidos. Con esta marcha, paulatina pero constante, el sistema
socioeconómico tradicional de tales áreas, simplemente colapsó. Se
abandonaron en gran medida las tareas tradicionales y sólo unos
pocos, los más viejos y algunos jóvenes empecinados –o
clarividentes– mantuvieron los estilos de vida.
He ahí que, otra paradoja, la conciencia colectiva, los
intereses macro-económicos y la mirada de los grandes planificadores
sociales, aunque con motivaciones diferenciadas convergieron en los
territorios que años antes fueron abandonados. Básicamente, la
tendencia de la demanda ha marcado que los productos ofertados en
tales áreas se encuentren enmarcados en dos grandes paquetes
altamente vinculados: medio ambiente físico (la naturaleza) y
cultural (patrimonial-identitario). En ambos casos se presenta como turismo
alternativo[1] – supuestamente al sucedido hasta
entonces–, respetuoso respecto a la conservación y dignificación
de la vida, y uno de sus representantes empresariales fue el turismo
rural –ofertado también como ecoturismo.
El turismo rural lo definimos, en términos generales, como el
uso o aprovechamiento turístico del entorno no urbano, ateniéndose a
las premisas del desarrollo sostenible, generar efectos eminentemente
positivos (conservación del patrimonio, la protección del medio,
etc.), promoverse en áreas “no invadidas”, incluir a la población
local como actores culturales, ser minoritario y promover, a través
de encuentros espontáneos y la participación, el contacto cultural.
En la práctica, este producto ocupa ya un segmento del mercado
que dispone de una serie de cualidades atribuidas, tales como:
integridad ecológica y sociocultural, responsabilidad y
sostenibilidad (Cater y Lowman, 1994:6). Así pues, este turismo, con
una intencionalidad inicial manifiesta de revalorizar las áreas
rurales como algo más que meras productoras de alimentos (Swarbrooke,
1996:448), incluye los símbolos identitarios de éstas (estilos de
vida, lenguaje, trabajo, arte y artesanía, creencias, relaciones
sociales, formas de ocio, etc.), así como los entornos físicos
humanizados (áreas de cultivo, pueblos, construcciones históricas,
etc.) y los supuestamente no humanizados (bosques, montañas y valles,
etc.) presentados como paisajes[2] naturales e indómitos.
(ver
esquema)
Los
consumidores del producto
En realidad, ésta no es una idea nueva. Entre 1726 y 1730, un
poeta escocés, James Thomson, ya usa como tema literario, en su obra Las
estaciones, el placer que proporcionan esos lugares y gentes del
medio rural, loados como intactos, inocentes y bondadosos. Imbuido de
esa idea romántica, el turismo histórico, étnico y cultural es, tal
vez junto con el de salud, de los primeros en desarrollarse en la
Europa del siglo XIX[3].
Pero los tintes verdaderamente mercantilistas les van a afectar bien
entrado el presente siglo. Originalmente,
el cliente potencial del turismo rural, y por tanto el visitante
posible de las áreas rurales afectadas, se caracteriza por exaltar
los sentimientos, la imaginación, demandar espontaneidad y celebrar,
sin conocerlo, al “hombre corriente” de Rousseau. Es un neo-romántico
desencantado con la sociedad urbana, pero sin poder renunciar
permanentemente a su cotidianeidad como ciudadano. Preocupado por la
naturaleza y por las culturas que, intuitivamente, considera en la
frontera del cambio inminente, busca las señas de identidad y elogia
lo autóctono, inmerso en un sentimiento nostálgico (Lowenthal, 1998)
que le lleva a despertar el apego hacia recuerdos, espacios y tiempos
más imaginados que vividos y, por ello, promotores de cualquier
elemento que pueda ser incluido en su experiencia. Se trata pues de lo
que Cohen (1979) denominó formas turísticas experienciales
(buscadores de la autenticidad en la vida de otras sociedades,
partiendo de la premisa de que la propia la ha perdido),
experimentales (experimentando con estilos de vida diferentes al
propio), existenciales (adquiriendo un nuevo ‘centro espiritual’
como resultado de una experiencia de viaje) o una combinación de las
mismas.
En cualquiera de ellas, para esos peregrinos de la nostalgia,
el sistema turístico ha comercializado la autenticidad demandada,
perfectamente canalizada por empresas bien especializadas en los
encuentros turísticos a gran escala, bien de nueva creación y de ámbito
local –aunque necesariamente insertas en lo global para su
comercialización–. Lo realmente llamativo ha sido cómo el
subsistema empresarial y, en menor medida el administrativo, en virtud
de las modas y expectativas publicitadas, ha operado para semi-dirigir
la creación individual de la autenticidad como un constructo que es
contextualizado en las propias experiencias de cada sujeto. Así, han
creado lo que podríamos ver como dos grupos tipológicos de turistas
rurales: unos interesados por el entorno físico y las actividades
deportivo-recreacionales que en él pueden llevarse a cabo, y otros,
atraídos por la cultura local propiamente dicha (figura
1). Mientras que para los primeros la experiencia connota aventura
y sensaciones de libertad, para estos últimos entremezcla los
estereotipos del estilo de vida y uso de la cultura material de los
visitados, con la imagen vendida de los mismos.
En ambos casos se materializa el anhelo de los visitantes de
consumir —compartir y apropiar simbólicamente— la cotidianidad y
el paisaje supuestamente distintos a los propios.
(ver
esquema)
El producto
y sus efectos: un ciclo peligroso
Los antropólogos y otros científicos sociales nos
incorporamos con algo de retraso al análisis del turismo, y de nuevo
parece que llevamos retraso en la evaluación de las áreas rurales
como productos turísticos. Con una visión somera, y aprendiendo de
los errores cometidos en los desarrollos de áreas dirigidas al
turismo internacional vemos como, además de las bondades económicamente
constatables de la actividad, además de una apertura cultural
experimentada por algunos de los muchos visitantes y visitados, sobre
las áreas de destino acaecen importantes cambios de naturaleza social
y cultural, que más allá de las variaciones y ritmos habituales
ejercen los que se han considerado impactos no deseables, en una
relación marcada por la ocultación de las desigualdades al interior
del sistema.
(ver
esquema)
Simplificando, tales efectos pueden ser metodológicamente
desgajados en aquellos que se refieren al producto en sí mismo, y
aquellos que se refieren a la identidad y naturaleza del destino
(figura 2) que, recordemos, constituyen la base de la oferta. Comenzaré
por los más evidentes y continuaré en orden a su complejidad, si
bien los impactos que reseñamos pueden presentarse, generalmente, en
una interrelación cerrada con otros muchos factores –desde los
medios de comunicación de masas hasta las políticas culturales de
nacionalidades y estados– que influyen o forman parte de los cambios
congénitos a cualquier sociedad y cultura.
Variaciones
poblacionales
Las áreas rurales, salvo excepciones ligadas al turismo doméstico
y la estacionalidad –periodos vacacionales o de cambios en la
situación laboral en los que regresan los emigrados–, no suelen
padecer importantes fluctuaciones en el número de individuos que
habitan y realizan su vida cotidiana en ellas. Con la implantación de
alojamientos y/o actividades en ese ámbito frágil, y sin embargo muy
adaptativo, la población puede aumentar considerablemente con
respecto a la habitual. Pero además, el incremento no se vincula a
unos sujetos que ya disponen de un determinado rol familiar y estatus
social, individualizado y conocido, que les liga al resto por lazos de
amistad, parentesco o vecindad. Antes bien, los nuevos agregados sólo
son los mismos por plazos más o menos pre-establecidos por su condición
económica y laboral de origen, no pasando en prácticamente ningún
caso de los treinta días. Ello implica que se deben establecer una
serie de estereotipos estandarizados, más o menos diferenciados por
nacionalidad, grupo de edad, características personales u otros,
aplicables sistemáticamente; lo cual, de manera consciente o
inconsciente, establece una barrera en la comunicación intercultural
que preconiza el producto.
Asimismo, es necesario valorar el movimiento poblacional en los
destinos no sólo en cuanto al número de visitantes, sino también
tomando en consideración la frecuencia de las visitas y la variación
entre los que llegan y los que son esperados, puesto que un mal cálculo
de expectativas puede originar conflictos de índole social y económica.
Esta consideración es especialmente importante en aquellas áreas
donde se ha puesto especial énfasis en el turismo como elemento
esencial para el desarrollo, dado que afecta o puede afectar
directamente a las estrategias productivas de sus moradores
habituales.
La
aparición de espacios interferidos
Directamente vinculada a la cuestión anterior, encontramos que
los visitantes y, nunca mejor dicho, los visitados establecen
fronteras –de carácter más psicológico que real– que designan
espacios limitados a la curiosidad y expectativas de los otros. Para
los primeros su ámbito de intimidad se enmarca en la casa o habitación
y ejercen su derecho a aislarse, aún en público, cada vez que lo
desean. Por ser ‘el turista’ (el que aporta los deseados ingresos)
puede llevar consigo un aura, una burbuja que puede abrir o cerrar a
placer, determinando en cada momento cuál y en qué medida un espacio
es turístico –más allá de los propiamente diseñados al efecto–
o deja de serlo. Para la población local la situación puede llegar a
ser la contraria. Salvo ámbitos muy privados, el turista rural –o
el ecoturista– puede (y de hecho sucede frecuentemente) interferir e
inmiscuirse en cualquiera de los espacios tradicionalmente vividos
como propios. Sus expectativas de encuentro con ‘los otros -
campesinos’ les lleva a la omnipresencia, mostrando una apropiación
simbólica de tales espacios y coartando –u obligando a adaptar–
las manifestaciones sociales y culturales que en ellos se llevan a
cabo.
En escasas ocasiones, los anfitriones, usuarios constantes
del área, pueden ofrecer una franca oposición a compartir los
espacios públicos de uso habitual y semi-restringido, que son
apropiados en aras de la costumbre, la tradición o la vida cotidiana.
Los individuos pueden llegar a ver a los visitantes, en la peor de las
ocurrencias, como intrusos y como tales ser recibidos (p.e. actos xenófobos),
lo cual dañaría la calidad recreacional del producto y del destino
rural ¿Quién entendería un paraíso con habitantes irritados? Sin
embargo, la realidad muestra como los anfitriones suelen ceder esos
espacios ante la presión de los visitantes, implicando en primera
instancia un cambio de uso –de social a directamente productivo–
del área, real o simbólica, en litigio y, en ocasiones, una reestructuración
tanto de la imagen (identidad) propia como del hábitat habitual. Las
consecuencias, entre otras, pueden ser observadas en los diversos
canales de información local, la socialización de nuevas
generaciones, las formas tradicionales de asociacionismo, los
evaluadores del prestigio o la división del trabajo, según la
forma empresarial de explotación del producto turístico y la calidad
de la gestión.
Modificaciones
en la estructura social y económica de las poblaciones
Tratándose de áreas que, supuestamente, han optado por una
recuperación económica a través
del desarrollo del turismo rural, lo más común ha sido que tales
manifestaciones fueran lo suficientemente modificadas para dar cabida
a los recién, pero continuamente, llegados o esperados. Al fin y al
cabo, actúan en el entorno social y económico como dinamizadores,
ejerciendo un efecto multiplicador. En condiciones idóneas, la
generación de empleos afecta tanto a aquellos que se suman a la
oferta de alojamientos y su mantenimiento, como a los que tratan de
satisfacer la demanda de necesidades básicas en el destino (salud y
alimentación), actividades lúdico-educacionales (talleres artesanos,
culinarios, agrícolas, etc.) y actividades en la naturaleza (guías,
guardas, operarios de mantenimiento y otros), además de muchos otros
indirectamente asociados, y no necesariamente residentes, que pueden
ir desde aquellos dedicados al transporte de personas y mercancías,
hasta albañiles y personal cuya labor se desempeña en la restauración
de inmuebles.
En muchos casos, la aparición de esta nueva vía de empleos,
complementarios o alternativos a los tradicionales (cuando no al paro
o la emigración), ha destacado el rol de la mujer como productora,
que ahora, además de las tareas agrícolas, ve como conocimientos
vinculados a su papel tradicional de ama de casa (preparación de
conservas, elaboración de productos lácteos, cuidado de la prole,
etc.) son puestos en valor, no sólo económico. Igualmente, destaca
que sean las mujeres las que, en muchos casos, aparecen bien como
propietarias bien como asalariadas de los negocios relacionados con el
alojamiento. Tales cambios, añadidos a la proletarización de otros
miembros del mismo hogar, puede conllevar variaciones importantes en
las unidades domésticas, sobresaliendo las diferencias en la percepción
de los tiempos de ocio y trabajo, la modificación de valores
tradicionales —tales como la consideración de sus congéneres de
mayor edad, los indicadores sociales del prestigio, etc.— o la
importancia dada a la educación y a las tareas productivas
tradicionales.
Sin embargo, “nunca llueve al gusto de todos”. No es común
que se den desarrollos que afecten por igual a todas y cada una de las
unidades domésticas del área de destino, con lo que se suscitan
competencias y se toman decisiones estratégicas conducentes a
equiparse o superar económicamente a los vecinos con los que se
comparan aquellos menos favorecidos. Si esta situación se agrava, los
comportamientos vecinales pueden verse alterados y, en último término,
radicalizarse las posturas grupales o individuales ante los turistas y
sus actividades, motores de los cambios en cualquier sentido.
El
entorno
Por otra parte, y refiriéndonos brevemente a los que podrían
denominarse efectos sobre el entorno, la puesta en uso de un área
como destino para el turista rural conlleva, necesariamente, el
acondicionamiento de la misma para la recepción. Tal obviedad toma un
cariz importante cuando observamos, en primer lugar, que en muchas
ocasiones es necesario dotar al área de nuevas construcciones e
infraestructuras —no siempre alojativas— para adaptarse a los
requisitos de la demanda o por exigencia de los residentes que desean
equiparar sus comodidades con los habitantes de la urbe. Y, en segundo
y no último lugar, que la conservación de los entornos humanos y
medioambientales pasa por el tamiz de su rentabilidad turística. Además,
otros efectos sobre el entorno pueden ocurrir por la propia naturaleza
del producto y las actividades que se le asocian. Unidos a la
competitividad antes expuesta, así como a la fragilidad de los rasgos
que se incluyen como atractivos para el turista rural, el aumento del
número de visitantes y/o de plazas de alojamiento o de grupos o tipos
de actividad, podría en un momento dado superar la capacidad de carga
del recurso y, con ello, afectar, a los pilares del producto.
La
cultura en el centro del huracán
El turista rural se ve a sí mismo como único, como aventurero
explorador y alumno de culturas y naturaleza, a veces vistas como la
suya propia en otra dimensión temporal –cuando no evolutiva–.
Esta cualidad específica precisa de un entrenamiento y aprendizaje
por parte de los locales que le asisten y constituyen el objetivo del
viaje. En su defecto, esa población reconstruye su presentación ante
los otros, le da un nuevo sentido que no es menos real, ni carente de
autenticidad, pero podría marcar, en principio, sutiles diferencias
con lo que motivó a aquél a iniciar el viaje.
Por más cercano, físicamente, a la población local y a su
bagaje cultural-identitario, esta forma sofisticada de turismo puede
intensificar los impactos –positivos y negativos– sobre las áreas
en que se ejerce y sus pobladores habituales, pudiendo llegar a ser
incorporada a la cultura local (Picard, 1997). Esto es, el turismo y
los turistas pasan a tener entidad cultural para las gentes del área
de destino y, con ello, las modificaciones que, para satisfacer la
demanda, se realizaron en la cultura propia –de otra parte siempre
cambiante— son agregadas al proceso intergeneracional de enculturación.
A estos efectos sobre la cultura les llamo impactos secundarios.
Tales derivaciones culturales se muestran como un sutil goteo mucho más
difícil de determinar, tanto por el tiempo que transcurre como por la
lentitud y apariencia cotidiana de los mismos, que otros como las
consecuencias descritas sobre el número de individuos, el uso de los
espacios, la economía local o el medio ambiente físico.
Como parte de ellos podemos observar como el efecto demostración,
la necesidad –generalmente inconsciente–
de emular a los viajeros ociosos con los que el residente se
encuentra habitualmente, contribuye a que se den valores nuevos a
espacios sociales, a posiciones socioeconómicas, a objetos (que se
reinventan como símbolos de identidad), a las ocupaciones de la
gente. Facilita el ascenso de nuevas historias, cuentos y leyendas.
Convirtiéndolo en objeto de intercambio económico, oferta un sentido
diferente a lo festivo-religioso en su paso a lo profano. La
representación de labores y/o rituales tradicionales, el comportamiento
público, los cánones del prestigio, el reconocimiento familiar y/o
grupal, las representaciones individuales, son objeto de esos lentos
cambios, equiparables, guardando la proporcionalidad, con los
ocasionados por otras formas de turismo convencional.
Un elemento de cambio particularmente llamativo lo encontramos
en el patrimonio cultural. Mostrándose como carta de presentación
(Prats, 1997) y síntesis simbólica de los valores identitarios (Iniesta,
1991), ha de ser remodelado, adaptado para el demandado consumo. El
ente patrimonial (desde la casa al castillo, desde la dieta al trabajo
o el ritual), aunque mantenga su componente simbólico, ha de ser
frecuentemente recreado –o construido ex-novo–, acompañado
con una escenografía apropiada y, de manera esporádica y según
requerimientos del mercado, espectacularizado.
Al entrar en la dinámica del mercado de la cultura, el
sentimiento de pertenencia, de origen más o menos sacralizado y
renovación del grupo, es generalmente prefijado por los
intermediarios del viaje como muestras de autenticidad del destino. Su
objetivo es diseñar una imagen cercana a lo bucólico, que infunda en
el consumidor determinados sentimientos sobre un producto que no puede
aprehender y es en sí mismo perecedero o, al menos, al borde de su
desaparición. La réplica local, pongamos por caso para simplificar,
sobre un yacimiento arqueológico,
una fiesta popular o un objeto artesano, llevará a una
recreación estéticamente aceptable de los mismos. En ocasiones con
apoyo disciplinar, el yacimiento estará acompañado de algunos trazos
de retórica, de fábula cercana a lo mitológico, dándole un
componente humano cercano a piedras, tallas y restos. De forma
similar, el acto de fe o las ganas de confraternizar con la botella,
los fuegos artificiales o el danzarín con la máscara estarán
plenamente justificadas en el marco de una historia brevemente
descrita y, con el tiempo, vivida como un hecho que se adorna y crece
con la reiteración de las representaciones.
La creación, reproducción y venta de objetos artesanos,
constituye uno de los rasgos destacables dentro de los cambios
patrimoniales acaecidos en virtud del desarrollo del turismo rural. El
turista en general, tanto por autocomplacencia como por intereses
sociales, siempre adornadas por la magia del anecdotario, necesita
mostrar las pruebas materiales de la realización del viaje. Para el
turista convencional, la confirmación del periplo es el souvenir, un
objeto que connota simbólicamente el área visitada, pero que no
necesariamente se corresponde, ni en su estilo ni en sus formas, con
la artesanía tradicional-funcional.
Esta artesanía, el arte funcional popular, posee fuertes
contenidos étnicos emanados de la tradición y la cultura propia,
constituyéndose, en origen, en la expresión material de la cultura y
su propia percepción. La artesanía se conforma así como una
identificación más del grupo frente a lo externo, manifestándose
como los símbolos materiales estereotipados que les representan.
El turista rural, informado de e interesado por la cultura,
pide del área visitada un elemento diferencial que no sea confundible
con el objeto turístico (Gaviria, 1978: 55), que pueda ser
identificado como propio y exclusivo, como exótico y, a ser posible,
en uso o usado[4].
Lo estéticamente atractivo del souvenir puede ser sustituido por la
cualidad expresa de constituir una representación étnica o de
estilos de vida diferentes al propio. Este turista siente, al menos,
curiosidad por el estilo y la forma, por lo que representa y expresa
para los locales, por la historia real o imaginaria del objeto que, aún
con todo, debe cumplir para aquél su misión recordatoria y
suntuaria. No obstante, dado el envejecimiento poblacional y el
abandono de las actividades productivas tradicionales, cada vez se
hace más difícil encontrar esa autenticidad de ensueño en las áreas
rurales de Occidente, por lo que esta demanda ha generado un proceso
de recuperación de las artesanías.
En la mayor parte de los casos, los nuevos útiles tratan de
recrear de forma verosímil aquellos objetos que le sirven de fuente y
que en su día jugaron un papel representativo productiva e
identitariamente en el área. Pero, generalmente, en su nuevo
nacimiento el objeto está separado de ambas funciones, ha mutado simbólicamente,
y ahora ve la luz en un agregado localmente inédito de estereotipos,
que son muestra de la conjunción de las demandas del mercado turístico-cultural
y la adaptación, más o menos consciente, por las gentes del destino.
Es decir, a partir de la artesanía tradicional, fundamentalmente
utilitarista y funcional, ante un comprador originariamente urbano, el
útil artesano se adapta, manteniendo aproximadamente las formas
tradicionales y la autenticidad, garantizada por el proceso de
elaboración no tecnificado –incluido como parte del producto
‘turismo rural’—, dando origen a una réplica comercializada (Graburn,
1984) de aquella.
De forma contradictoria con la autenticidad buscada, el nuevo
resurgir de estos productos ha sido motivado por el desarrollo de las
nuevas formas turísticas y la imagen de atraso secular que ha sido
construida y vendida sobre las áreas rurales. Además, y paradójicamente,
en la mayor parte de los casos el fruto de este proceso no es ni
‘viejo’, ni usado, ni, estrictamente, el que originó la demanda.
Por añadidura, sólo si la réplica comercializada es aceptada por
sus nuevos compradores –sobre todo si la demanda supera la oferta–
conseguirá asentarse, consolidando temporalmente una actividad que
contribuya al desarrollo del área.
El éxito comercial de lo ‘exótico’ hace que las réplicas
revaloricen al original, influyendo en su conservación, y que el
proceso de elaboración, representado como único y expresión viva de
la cultura local, sea significado como más que mero trabajo,
contribuyendo a una apreciación socialmente relevante de sus
practicantes. Ahora bien, los objetos conservados (mayoritariamente
musealizados), si bien mantienen la asociación con las tareas
productivas y usos cotidianos para los que fueron diseñados, han
perdido los componentes históricos negativos que pudieran connotar
(la necesidad, el esfuerzo, las condiciones de vida, etc.) y, con
ello, su vinculación identitaria se ha transformado –que no
desaparecido—, sutil pero contundentemente.
Evidentemente, si la identidad ligada al patrimonio cultural es
la identificación con la continuidad histórica de un grupo dado, con
la herencia cultural, las adaptaciones aparentemente imprescindibles
para el encuentro y presentación ante los otros, la modificarán. Sin
embargo, aún reconociendo la existencia de tales cambios culturales,
no creo que se pueda afirmar que esa nueva síntesis cultural e
identitaria sea una bastardización de la cultura (Wood, 1997: 2). El
turismo es sólo una de las influencias externas que impulsan al
entorno rural y sus moradores al cambio continuo, a la reformulación
de sí mismos y su medio. Es importante recordar, mantener ciertos vínculos
con el pasado no vivido, pero ello no ha de impedir habitar el
presente de la mejor forma posible.
Los riesgos del turismo rural no están relacionados tanto con
esas modificaciones como con el desarrollo turísticamente
especializado de las áreas y sus moradores, la proletarización, la
dependencia, la pérdida de control del producto y el desarrollo de
las áreas a modo de parques temáticos. El turismo rural está
construido sobre unos cimientos en parte materiales y en parte
intangibles, sobre una imagen soñada y, ocasionalmente, idílica,
sobre la cultura y su medio. Los cambios ocasionados por su propia dinámica,
de manera general aquí descritos, y aquellos más lejanos como las
variaciones en las modas y expectativas de los potenciales clientes
del pasado, la naturaleza y el folklore, pueden atentar seriamente
contra el ciclo del producto y su continuidad, dejando atrás a todos
aquellos que confiaron su futuro a la especialización en el mismo.
Realmente ¿algo nuevo brilla bajo el Sol?
BIBLIOGRAFÍA
CATER,
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Chichester UK, John Wiley & Sons.
COHEN,
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Thailand”, International Asienforum 10: 5-38.
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[1]Entiendase
que utilizamos el término ‘alternativo’ en una doble acepción.
Por una parte, la potencialidad para crear nuevos destinos,
desarrollando una forma diferente a la convencional de turismo en
un área (edificación y actividades con bajo índice de impacto)
y, por otra, cuando se trata de destinos consolidados, la
posibilidad referida al demandante del servicio de optar por un
alojamiento en áreas no masificadas (más caras) o en núcleos
turísticos (más barato).
[2]Y
por ser paisaje, incluido en la cultura –con una estética
propia– del que así lo considera.
[3]Curiosamente,
y manteniendo a salvo una pequeña minoría, este tipo de turismo
no se siente atraído por el nativo real, con sus
contradicciones y virtudes, estando marcadas sus relaciones con éstos
por la impersonalidad y la separación física, primando el
intercambio económico.
[4]El
bien tradicional ‘usado’ llega a representar para muchos
compradores un objeto de culto, es expuesto y mostrado como tal,
considerándosele la representación misma del pasado y de los
estilos de vida.
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