Antropología del Turismo.

Textos explicativos

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El impacto físico del turismo (los espacios)  

Del libro: Antropología y turismo ¿Nuevas hordas, viejas culturas?. Autor: Agustín Santana. Editorial Ariel. Barcelona. 1997. Páginas: 80-90.

La mayoría de los individuos que integran las corrientes turísticas habitan en ciudades, viviendo sometidos a un ritmo exigente y a una presión externa que los conduce a un progresivo acumulamiento de tensiones. En tales condiciones se trasladan al lugar de vacaciones, con la intención de >olvidarse de los problemas= y dispuestos a variar sus patrones de comportamiento. El equipamiento hotelero y los servicios de apoyo, auspiciados por el desarrollo turístico, se ocupan de ello. Tan pronto los visitantes comienzan a aparecer, en número cada vez mayor, la necesidad de camas y comida se hace imperiosa; gradualmente se comienzan a habilitar pensiones, construir hoteles, restaurantes y servicios varios destinados al ocio[1].

En este proceso, el turismo utiliza el entorno natural, tanto ocupando una porción del espacio como usando sus recursos, por lo que se hace necesario en cualquier estudio de campo sobre el turismo llevar a cabo los pertinentes análisis de los efectos y alteraciones que sobre él produce el desarrollo de esta actividad. La historia del turismo indica claramente que el medio ambiente, abarcando desde atracciones básicas como sol, mar y arena hasta el indudable atractivo de lugares y estructuras de interés histórico, ha contribuido tanto a su nacimiento como a su progreso, complementando éste con la construcción de infraestructura y áreas recreativas; pero cualquiera de estos elementos, por separado, se muestra insuficiente para originar y mantener un destino turístico. Es más, ni aún contando con éstos elementos en estado óptimo, un área tiene por qué ser destino. Intermediando entre el no ser y el ser suele estar toda la compleja red de promoción, estudio de expectativas y mercado. Así, identificando y creando una serie limitada de atributos en los turistas potenciales, simplificando en ellos las características del posible destino y jugando con las modas culturales, el sistema constru­ye de forma holística y abierta un ideal de paisaje, de paraíso exótico lo suficientemente familiar, una imagen a medida del consumidor.

Cuando este arquetipo es extrapolado al entorno real, general­mente un ambiente frágil (pequeñas islas, zonas de costa o montaña), se produce un proceso de apropiación que va más allá del medio ambiente físico. Con la llegada de los turistas, con su presencia, comienzan a distorsionarse las relaciones entre locales dadas en espacios Alocales@ (espacios públicos apropiados simbó­licamente), la cotidianidad pasa a ser un nuevo recurso que se solapa a los ya existentes. Como los demás es explotable, estudiable o Afoto­grafiable@ (convertible en imagen, la Atourist gaze@ de J. Urry (1990)), comportándose con una lógica similar a cualquier otra mercancía y cumpliendo con el ciclo de consumo de cualquier producto (el Aciclo turístico@). Es decir, el espacio, el entorno físico pasa a ser un >bien turístico mercadeable=.

Sin embargo, en el estudio de los impactos físicos del turismo hemos de tener en cuenta una serie de dificultades, esto es, según Mathieson y Wall (1986:5-6), nos será imposible:

(A) Reconstruir el medio de antes de verse afectado por el turismo y distinguir entre cambios inducidos por éste y por otras actividades humanas.

(B) Desunir el binomio hombre/naturaleza

(C) Concretar (medir) el impacto físico, rompiendo las complejas interacciones del impacto global.


(D) Superar la discontinuidad espacial y temporal entre causa y efecto.

(E) Detectar una selección válida de los indicadores del impacto.

Tal vez en tales dificultades, además de en los casos concretos de estudio, radiquen las diferencias en las conclusiones de muchos investigadores. Así, mientras para algunos autores el turismo provee de incentivos para la restauración de monumentos antiguos y la conservación de restos arqueológicos o recursos naturales, para otros sólo significa gente, congestión, ruidos, etc. que implican un amplio espectro de efectos exclusivamente negativos sobre el área en desarrollo.    Budowski (1976:27)[2] sugiere que pueden darse tres relaciones diferentes entre ambas opiniones (promoción/conservación):

(1) Turismo y conservación pueden existir en una situación en la que ambos campos promuevan sus respectivas posiciones y establezcan pocos contactos uno con otro.

(2) Turismo y conservación pueden soportarse mutuamente, manteniendo una relación simbiótica, a través de la organización, planeamiento y control.

(3) Turismo y conservación pueden entrar en conflicto, particularmente cuando el turismo induce efectos negativos sobre el medio ambiente.

Tales relaciones, en último término incentivadas o retardadas por la puesta en uso de los medios necesarios para proporcionar bienestar al turista, pueden ser planteadas a partir del esquema propuesto por la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) y tomado por J. Lea (1988:52) y Pearce (1986:47) (CUADRO 12), que establece cuatro cotas paralelas de efecto para el uso y gestión del entorno, no con el fin de aminorar la sobre-explotación del recurso (los espacios) sino de establecer los límites de cambio aceptables para mantener constante el producto (el ideal de turista), estas son:  la creación de nuevas infraestructuras, la conservación, la capacidad de sustentación (carrying capacity) y la generación/mitigación de presiones sobre el medio físico.

 

Cuadro

 

La creación de nuevas infraestructuras y la conservación.

La creación de nuevas infraestructuras es general­mente justificada como mejora, no sólo para la actividad turística, sino como un bien común, un elemento necesario y útil para los locales. Tales bienes pueden ser concretados en comunicaciones (aeropuertos, caminos y carreteras, líneas telefónicas, ...), espacios abiertos Cpúbli­cosC (plazas, jardines o parques, playas artificiales, ...), edificaciones (entidades municipales, albergues y centros de acogida, hospitales, ...) e infraestructuras de carácter semiprivado o público destinadas al ocio (piscinas y parques marítimos, puertos, refugios de montaña, campos de golf, ...). Ahora bien, )hasta qué punto los residentes locales partici­pan de esos espacios Acomunes@? Indudablemente se ven beneficiados, en primer término, siempre que su economía salga favorecida o facilite su contacto con el exterior pero, casi con seguridad, no son los usuarios locales ociosos los que más abundan.


Todos estos espacios de nueva creación, en destinos turísticos ya consolidados, son proyectados por y para el turismo. El caso extremo se da cuando la entrada a los naturales del lugar (para su disfrute) está vedada de forma explícita (prohibición expresa) o implícita (dene­gación o mal servicio prestado, marginación, ...); pero generalmente, suponiendo el libre acceso, la percepción y ocupación de esos espacios se da de forma diferente. Aquí, de nuevo la Aimagen vendida@ hace ver a los locales o representar por los locales un papel distintivo, ya sea laboral o Afolclórico@, quedando el aspecto de las relaciones sociales (desarrolladas ampliamente en los lugares públicos tradicionales) reducidas a su más mínima expresión.

De otra parte, la posible conservación tanto de elementos natura­les como creados por el hombre es utilizada como una justificación, hasta cierto punto acertada, del desarrollo turístico en algunas áreas. Esto es, siguiendo a Gunn (1978: 3), el crecimiento de la industria turística, del comercio y sus asociados estimulan, en la mayoría de las ocasiones, la demanda de parques y espacios abiertos, a la vez que hace a los gestores poner énfasis sobre la eficacia en el uso de los recursos y la protección y/o rehabilitación de construcciones existentes y lugares históricamente relevantes. Además de realzar la eficacia de los recursos, particularmente los no renovables, potenciando su máxima utilización con una mínima degradación, y potenciar el equilibrio hombre/medio, pudiendo evitar la manipulación no-controlada del entorno físico.

El problema surge, una vez más, con la fuerte apreciación y condicionamiento cultural sobre esa Aimagen@ de lo estéticamente atractivo; es decir, se mantiene y restaura lo que aparentemente es significativo en el contexto recreacional, dando en la mayor parte de los casos un nuevo uso ocioso a espacios antes olvidados. Pero )no es ésta una nueva manifestación de las modas culturales? Es fácil caer en la tentación del Atodo es conservable@ o, lo que es lo mismo, todo es degradable y sobreexplotable y por tanto hay que proteger, controlar y prohibir.

En la rivalidad y competencia espacial turista/anfitrión, la conser­vación se puede manifestar como un nuevo elemento de fricción, en tanto en cuanto los nativos se ven sometidos bien a expropiaciones forzosas bien a planes de procedimiento y control que tienen como fin último el asegurar la buena administración del nuevo ambiente (p.e. la reserva de un área como parque nacional). Si no se toman buenas medidas de gestión, tanto la conservación o rehabilitación como los usuarios ociosos del territorio se encontrarán con una actitud y com­portamiento abiertamente antagónica (usando el índice de irritación de Doxey (Murphy, 1984: 124) para medir la respuesta) pudiendo deteriorar la reputación del destino.

Pero estamos reflexionando sobre un sistema vivo y dinámico como es el turístico, donde cualquier elemento social (incluidos aque­llos deplorables como la miseria y la guerra) es constituyente de co­mercio, es capaz de adaptar o adaptarse a la nueva dinámica de defen­sa y custodia de Alo natural@, Alo étnico@ o Alo tradicional@. Así, por ejem­plo, cuando un destino llega a su fase de estancamiento (sobre todo para el turismo de masas), un desierto o un erial próximo puede co­brar estatus de Alugar para la aventura@ o un ritual de sacrificio, su­friendo algunos cambios, una escenificación de los exótico, conquistan­do nuevos espacios que rejuvenezcan el destino.

Es obvio, y casi nadie lo pretende, tratar de encontrar un estado de cosas anterior a la llegada del turismo, es obvio también el porqué ningún Estado rechaza esta forma de incrementar su economía, así como el porqué se recurre a ella en esos momentos de búsqueda de alternativas (que normalmente para el destino son complementos) al mercado turístico. La conservación, muchas veces relativamente cos­teada desde el occidente proveedor de turistas, además de deseable es financieramente rentable. En tanto que conservación, el turismo puede promover y, en parte, ha sido responsable de la rehabilitación de construcciones existentes y lugares históricos, dando nuevos usos a edificaciones abandonadas e introduciendo planes de procedimiento y control que deberían asegurar la buena administración del medio ambiente, desde el punto del vista del operador, con el fin de preservar la buena experiencia de los visitantes.

 

Capacidad de sustentación y uso múltiple del espacio.


En cuanto a la aplicación de la capacidad de sustentación (carrying capacity)[3] , nos encontramos no ya con un nuevo problema sino con una fuerte dificultad metodológica. Barkham (1973: 218) ya dijo que era encantador en su simplicidad, complejo en su significado y difícil de definir, en tanto que en diferentes situaciones y diferentes pueblos es entendido de manera también diferente.

Desde el punto de vista del espacio, con esta noción se hace refe­rencia a cómo existen unos límites en la cabida de un entorno, natural o creado artificialmente, para soportar a un determinado número de individuos y sus actividades. La dificultad surge al tratar de medir los cambios y descubrir las relaciones causales directas entre visitantes-residentes y los efectos sobre el entorno-global (Murphy, 1984; Pearce, 1986; Mathieson y Wall, 1986; Lea, 1988), en tanto que se ve afectada por el sistema turístico en su conjunto y variará, entonces, según las características propias del turismo (tales como procedencia socioeconómica, niveles de uso, tiempo de estancia, tipo de actividad, nivel de satisfacción, ...), las características específicas del área de destino y las de su población, haciendo imposible un cálculo en valores absolutos.

Lo fundamental del concepto, siguiendo a P.E. Murphy (1984:64-8), es que indica como cada entorno tiene la posibilidad de sostener, además de, como hemos indicado más arriba, un número determinado de individuos, ciertas actividades. Esto es, se le da al concepto un doble uso (Hendee et al., 1978:171) en tanto que, de una parte, describe la capacidad de uso residencial y recreacional del medio físico y, de otra, relaciona la anterior con la consistencia del medio para soportar una experiencia recreacional de calidad. En su aplicación a la comprensión y gestión del sector, la capacidad de sustentación nos ofrece la posibilidad de contar con, al menos, cuatro medidas, esto es la capacidad ecológica (impactos sobre el sistema), la capacidad física (número de individuos), la capacidad de atracciones recreaciona­les y la capacidad social (Healy, 1991:7). Una vez que el nivel de carga es excedido se comienzan a manifestar diferentes formas de deterioro tanto del medio natural como de las actividades llevadas a cabo en el mismo. Ahora bien, en su valoración no pueden ser desvinculadas unas medidas de otras, so pena de confundir los posibles niveles de tolerancia y, como consecuencia de ello, anular la potencialidad del destino para ofrecer una experiencia recreacional de calidad.

En este sentido, el de la planificación turística, la capacidad de sustentación debe ser vista como un instrumento dirigido a un fin, ya que funcionaría como un añadido en la toma de decisiones tanto sobre el impacto como del mantenimien­to de la demanda local de plazas o el incremento adicional de las mismas, así como de los niveles de tolerancia entre los turistas y sus anfitriones, además de al interior de cada uno de estos grupos, indi­cando cuándo y dónde tomar las medidas pertinentes para su correc­ción (tendencia al equilibrio ideal calidad/beneficios) o cambio de la imagen promocionada.


En un intento de establecer un modelo, partiendo de que la pre­sión sobre el entorno se agravará cuando los niveles de aguante de aquel y las demandas de sus visitantes y residentes no estén sincroni­zadas, se puede proceder a examinar las necesidades y patrones de actividad, mientras que, paralelamente, se informe sobre los paráme­tros recreacionales, físicos y biológicos del área de experiencia, cen­trándose particularmente en las zonas más sensibles y populares. Este modelo tendrá que tener en consideración, de una parte, las características definitorias de la población nativa (homogeneización cultural con el tipo de turistas que le visitan, profesionalización, activi­dades laborales tradicionales, etc.) y de otra la tipología de los visitan­tes, en tanto que puede darse un fenómeno incompatibilidad de expec­tativas experienciales entre ellos.

Por ejemplo, una aldea rural en la celebración de una fiesta religiosa si se ve invadida por un alto número de turistas (en relación al número de residentes presentes) reaccionará, probablemente, en­trando en conflicto con estos o cambiando su forma original (escenifi­cándose hacia el foráneo), pudiendo llegar a desvirtuarse como recrea­ción y, en último término, provocar cambios culturales profundos en el lugar. En cambio la misma masa de individuos puede ayudar a la Acreación del ambiente@ de excitación, alegría y bullicio, siendo incluso bienvenida, en una fiesta como el carnaval. De la misma forma, son irreconciliables algunos tipos de turistas tanto por el número como por la actividad desarrollada, o algunos ambientes naturales, esto es, por el nivel de congestión (Healy, 1991: 6). Véase a modo de ilustración la masificación de las costas medite­rráneas frente a un modo de turismo drifter (-de mochila- ejemplo de contra-vacación).

Ligado a la aplicación del concepto >capacidad de sustentación= se encuentra el cambio continuo en el uso de la tierra (>uso múltiple=)[4] que pasa a ser tierra-recreacional, no necesariamente urbanizada. Así por ejemplo, un parque natural podrá ser invadido de visitantes que ejercerán una presión específica sobre el mismo y sus habitantes, sin necesidad de construcción neogénica alguna, pudiendo ser explotado, a la vez por otras actividades productivas, como la agricultura. Este hecho es especialmente importante en ecosistemas insulares donde las posibilidades de tierra agrícola sean escasas (Caribe y las islas del Pacífico), reduciendo la competencia por las mismas. La demanda de estas áreas, bien estéticamente atractivas bien de producción tradicional, se incrementa no sólo con el desarrollo turístico, y el >uso múltiple= se plantea como una solución al aumento de los costes de su conservación. Se está abogando por una utilización racional de los recursos, minimizando los conflictos y, para ello, se debería tender no tanto a una estrategia dominante de un uso primario sobre otro secundario, como al equilibrio, tal vez utópico, entre ambos.

No obstante, según Lea (1988:62), es difícil encontrar casos donde tal estrategia haya sido adoptada deliberadamente, reduciéndose estos a algunos en Estados Unidos de América (p.e. Tennesse Valley), la Columbia Británica e Inglaterra y Gales, siempre en Parques Nacionales. Ello nos debe indicar como se cierra el círculo vicioso, esto es, se vuelve a tropezar con la dificul­tad de las distintas formas de apropiación, en tanto en cuanto la conversión en mercancía de ese espacio radica en su capacidad de servir de soporte y/o medio de las actividades recreativas (Vera Gal­ván, 1987:449). Por una parte, en cuanto a la propiedad formal no estatal, las administraciones pueden estipular cotas de crecimiento e incluso de actividades a desarrollar. Pero, de un lado, la titularidad de los distin­tos actores privados sobre su producción dirigida al ocio, y, de otro, la necesidad de crear empleo o de rejuvenecer el área, generalmente ha llevado a relativizar los topes legales a cambio de incentivar otros servicios, supuestamente destinados a los locales, como educación-formación ocupacional, vivienda, sanidad, transporte, etc. O, en mo­mentos de alta dependencia de los ingresos turísticos, simplemente aplicando las normas del trueque en relación a un potencial cambio de imagen dictado por las corrientes y expectativas turísticas. De otra, en lo que se refiere a la apropiación informal, los anfitrio­nes, usuarios constantes, pueden ofrecer una franca oposición a com­partir los espacios públicos de uso habitual y semi-restringido, que son apropiados en aras de la costumbre, la tradición o la vida cotidiana. Los individuos pueden llegar a ver a los visitantes, en la peor de las ocurrencias, como intrusos y como tales ser recibidos (p.e. actos xenófo­bos), lo cual dañaría la calidad recreacional del destino.


Pero generalmente lo que ha sucedido, muchas veces en períodos temporales más o menos cortos, es que los anfitriones ceden esos espacios ante la presión del número y tipo de visitantes, implicando en primera instancia un cambio de uso (de social a directamente producti­vo) del área (real o simbólica) en litigio y, en ocasiones, una reestruc­turación tanto de la imagen propia como del hábitat habitual. Las consecuencias, entre otras, pueden ser observadas en los diversos canales de información local, la socialización de nuevas generaciones, las formas tradicionales de asociacionismo, los evaluadores del presti­gio o la división del trabajo, según el tipo de empresa y la calidad de la gestión. Si se tiene en cuenta que los turistas son, normalmente, transferi­bles y la actividad empresarial turística es, por excelencia, complemen­table a otras, el papel de los gestores debería convertirse, además de en controladores, en coordinadores de los distintos aspectos socioeconó­micos y socioculturales, con el fin de al menos mediatizar los rápidos efectos del multisector turístico sobre los espacios de destino en su transformación hacia Aespacio turístico@.

En este sentido, abogamos por un aprovechamiento de las distin­tas formas asociativas locales en un intento de complementar la estra­tegia del Auso múltiple@ con la Agestión múltiple@.

Hasta ahora, la población autóctona generalmente ha constituido sólo la masa trabajadora no cualificada o, cuando más, parte del recur­so turístico a explotar. Sería utópico proponer un control directo del sistema turístico, incluso sólo del subsistema Adestino@, por parte de esta población, pero es de considerar cómo su participación en la gestión de su entorno tradicional puede, a la vez que aminorar los efectos socioculturales, mejorar las relaciones en los espacios interferi­dos (turístico-locales) y proponer un mejor alineamiento de las infraes­tructuras de acuerdo con las necesidades reales del área.

Al efecto, la creación de comisiones consultivas (no necesariamen­te vinculantes) o de seguimiento, donde se encuentren representadas todas las partes (población local, instituciones públicas locales, agentes inmobiliarios, empresarios, tour-operadores, etc.) y las entidades estatales implicadas, asesorados por las distintas ramas técnico-cientí­ficas, podría dar luz a una mejor gestión y uso compartido, haciendo al modelo turístico partícipe de las formas de administración democrá­tica, a la vez que es integrado como Apropiedad común@.

 

Turismo y generación de presiones sobre el medio natural.

La cuarta y última cota de efecto para el uso y gestión del entorno se refiere a las acciones que generan algún tipo de presión sobre el entorno. Según la naturaleza de la presión del turismo y la reacción del entorno físico, se identifican cuatro grupos de actividades: reestructuración física, generación de desperdicios, actividades recreativas y dinámica de poblaciones.

(A) La reestructuración física permanente, como resultado del movimiento continuo de tierras, antes baldías o con destino agrícola, para la construcción de nuevas urbanizaciones, o para el desarrollo de infraestructuras del ocio como puertos deportivos y paseos marítimos, que ocupan también espacios de producción primaria[5]. Los efectos directos de esta actividad se muestran en los cambios de hábitat para la población e indirectamente sobre los valores estéticos del área, que tenderán a la homogeneización anulando las diferencias entre las áreas turísticas. Pero existen efectos indirectos como la compactación de suelos o la alteración de la vida animal como consecuencia de un alto número de excursionistas (Healy, 1991:8).


Ahora bien, consideramos que la actividad de reestructuración del suelo es necesario analizarla como un proceso que, tal como Goodall (1977)[6] sugiere, es el resultado de una acción económica en la que cada uno de los implicados lucha por conseguir la combinación más favorable de variables como localización y cantidad de espacio. A lo cual habría que añadir la necesidad, previa a la promoción, de bajos precios del suelo que generará rentabilidad en el proceso especulativo posterior. Este marco se materializó en un modelo ideal de suelos que M. Gaviria (1978:53) sintetiza, para el turismo de playa del Mediterráneo, en lugares con numerosos pequeños agricultores propietarios, con una producción poco rentable en cultivos de secano; constituyendo los grandes propietarios un freno al desarrollo turístico del área, puesto que, disponiendo de recursos, tratarán de promover sus terrenos cuando la actividad constructora esté iniciada, contribuyendo al incremento de la especulación.

Tras una fuerte y arrolladora presión económica urbana, los pequeños agricultores, que valoran sus terrenos en función del rendimiento a corto plazo de los mismos, comienzan a venderlos, en principio a promotores y hoteleros, generalmente de la zona. Posteriormente, los capitales extranjeros comienzan a fundirse con los nacionales en porcentajes cada vez mayores. Con el tiempo y el paso de las primeras etapas de promoción/especulación, aumenta el número de ventas que se realizan fuera de la nación, entre extranjeros y ante notario extranjero (Jurdao Arrones, 1987:9), quedando la población autóctona al margen de las principales actividades económicas (venta de suelo y construcción de edificios). Esto es, el espacio está ya >neocolonizado= al abrirse el mercado exterior, que si en principio se restringe a la residencia secundaria, llega a afectar a las áreas recreativas asociadas a la industria turística, donde los nativos, dada la inflación quedan totalmente desplazados. Más aún si tomamos en consideración que la especulación sobre el suelo potencialmente turístico, acarrea una supervaloración de los terrenos que, con mentalidad mercantil, son vistos como sólo aptos para construcciones de lujo o edificios que aprovechan pequeños espacios multiplicados por innumerables pisos, en ambos casos construcciones de fácil y rápida amortización.

Siguiendo con el ejemplo del Mediterráneo y Canarias, no es hasta la década de los sesenta, una vez que el incremento de turistas empezó a tenerse en cuenta como un hecho social y económico con entidad propia (Seco Gómez, 1985:414), cuando se motiva la necesidad de ordenar el territorio y su consumo, pero sin poner ningún tipo de obstáculos a la transformación de suelo rústico en urbano, convirtiendo grandes áreas en potenciales núcleos turísticos.

Una vez que el terreno ha sido promovido, el desarrollo del núcleo turístico, destinado al turismo de masas, sigue, según Fernández Fuster (1985:204-5), una serie de fases, que en parte variarán según se trate de un núcleo arqueogénico (cuando se localiza sobre una localidad ya existente antes de la introducción del turismo y que irá transformándose con él) o neogénico (de nueva planta) (Defert, 1960). Estas son: (1) Fase de adaptación, donde la población visitante se aloja aprovechando sus primitivos y no apropiados alojamientos, dentro de un sabor típico que luego se perderá. Esta fase despierta la industria del alojamiento en algunos sectores del pueblo, que comenzarán a habilitar habitaciones para su alquiler. (2) Fase constructiva, cuando se inicia la construcción de apartamentos y hoteles de nueva planta dirigidos al turismo. Se urbaniza el terreno adjunto a la playa y surge la infraestructura comercial propia del turismo (material deportivo, prensa extranjera, fotografía, souvenirs, ...). (3) Fase sustitutiva, donde la especulación alcanza las casas de los residentes tradicionales del pueblo, demoliéndose para edificar otras de uso mixto (residencia/negocio). (4) Surge la >tercera zona=, área turística de nueva creación en los aledaños del pueblo, uniendo en ocasiones a aquel con las construcciones en primera línea de playa. (5) Fase de expansión lineal, tratando de aprovechar para su explotación turística todas las playas disponibles. Esto es, a partir de un núcleo arqueogénico, por expansión, surgen áreas de nueva creación, casi fundidas con el anterior, totalmente independientes, es decir, de tipo enclave[7].


(B) Un segundo grupo de actividades de presión sobre el medio ambiente es el resultado de la generación o incremento de los desperdicios urbanos, su transporte y destrucción. Esta actividad, a través de la polución consecuente, cambia la calidad del medio, pudiendo alterar el aire, las aguas y la salud de los individuos que conviven en el área. Wall y Wright (1977)[8] identifican, los cuatro efectos principales de la polución sobre las aguas: vertido de las aguas de alcantarillado sin tratar, adición de nutrientes a las aguas por la eliminación de herbicidas e insecticidas, contaminación por aceites de industrias y navegación, y contaminación por derivados como detergentes y agentes químicos. En todos los casos la calidad recreacional de las aguas disminuye.

(C) Las actividades turístico-recreacionales, dentro de las posibilidades de ocio ofrecidas por los operadores, incluyen aspectos dañinos al entorno, del tipo de caminos sobre arrecifes coralinos, construcción de infraestructura en las playas, excursiones fuera de las carreteras convencionales con vehículos todo terreno, etc. Los efectos de estas actividades se muestran en el incremento de la compactación y erosión de los suelos y en la diversidad de las especies de animales y plantas que lo habitan.

(D) En cuanto a la dinámica de poblaciones, el turismo ha marcado un efecto, cuando menos, estacional sobre la densidad de población de todos los puntos de destino, alterando, como hemos visto, playas, montañas y parajes naturales al provocar la congestión física de algunas áreas y el incremento en la demanda de recursos (tierra, agua y energía). Además, el desarrollo de esta industria es usual que afecte al tamaño, estructura y composición de la población residente (Pearce, 1986:52), originando nuevas migraciones laborales cortas[9] o la atracción de trabajadores, generalmente jóvenes, al área. Consecuencias obvias de este hecho se observan en la reducción de los lazos familiares, ruptura de la familia extensa (Greenwood, 1972), aumento de hombres y/o mujeres (según la etapa del desarrollo turístico) en los grupos de edad productivos de la pirámide, etc.

En casi todos los casos, según Díaz Rodríguez (1985:325-6), las tasas de crecimiento de la población de hecho son más elevadas, debido a la intensa afluencia de individuos (turistas y trabajadores) que no fijan su residencia, mientras que las de derecho pueden o no bajar mucho con respecto a aquella por la enorme avalancha de inmigrantes, procedentes de zonas más o menos cercanas, que fijan la residencia en torno al área en desarrollo. Cuanto menor sea el porcentaje que representa la población de derecho con respecto a la de hecho, podremos inferir que el número de turistas es mayor en relación a los habitantes residentes.

 



[1]           Según M. Gaviria (1978:53), Alo más frecuente y rápido para la promoción de una ciudad turística de playa en España ha sido así: un vecino del pueblo, generalmente ni pescador ni labrador, pone en la planta baja de su casa, situada cerca de la playa, un bar; al año siguiente levanta una planta y construye habitaciones; al año siguiente levanta una o dos plantas más y acaba teniendo una pensión familiar; años después, con los beneficios obtenidos, construye un hotel (...) en otro lugar exterior al antiguo casco urbano del pueblo@.

[2]           Citado por Mathieson y Wall, 1986:95.

[3]           Capacidad de sustentación es interpretada en los estudios de turismo como el número máximo de personas que pueden usar un lugar sin una alteración no aceptable en el medio físico y un descenso no aceptable en la calidad de la experiencia vivida por los visitantes en el área de destino (Mathieson y Wall, 1986:21).

[4]           'Multiple use' es una estrategia que reconoce que un suministro limitado de tierra recreacional a menudo necesita ser usada para múltiples propósitos (Lea, 1988:61), tanto productivos o de conservación como recreacionales.

[5]           ALa construcción de puertos deportivos o incluso de un simple embarcadero o dique puede afectar de una manera definitiva la constitución del litoral, acarreando la pérdida de fajas de arena existentes o creando otras nuevas donde no existían. Es sabido que el oleaje normal contra la playa no altera la estabilidad de ésta, puesto que trae y lleva la misma arena. Pero a este movimiento se unen las corrientes paralelas al litoral, que son afectadas cuando se construyen elementos deportivos@ (Fdez. Fuster, 1985:71).

[6]           Citado por Gutiérrez Hernández, 1985:271.

[7]           Complementando la tipología de núcleos turísticos de P. Defert (1960), Prod'homme (1985) hace tres acepciones al núcleo neogénico: modelo anárquico (ocupación dispersa de terrenos disponibles); modelo concentrado (desarrollo homogéneo por zonas, planificado por el gobierno municipal) y modelo enclave (donde los turistas pueden satisfacer en el mismo sitio casi la totalidad de sus necesidades y vive en una especie de ghetto de lujo, aislados de la comarca inmediata). Denominando modelo integrado a lo que antes denominamos núcleo arqueogénico.

[8]           Citado por Pearce, 1986:49 y Lea, 1988:56.

[9]           El fenómeno de revalorización, al comienzo, comprende una larga etapa en la que el pueblo está a la expectativa, sin terminar de abandonar sus trabajos y mentalidad tradicional, ni decidirse a adoptar los nuevos. Puede darse el caso incluso de una emigración no lejana, como si no se deseara perder todas las raíces con la tierra natal (Fdez. Fuster, 1985:212).

 

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©Agustín Santana Talavera